Pesquisas salvajes
Órbitas excéntricas en torno,
por ejemplo, pero no en exclusiva,
a Roberto Bolaño (un intento de esquizocrítica,
un ensayo hipercomparatista)
José Óscar
López
|
Sube la colina
de espaldas,
te sentirás bien
David Bowie
|
1
Ir
a matar al príncipe de Orange. Ir a matarlo y cobrar luego
los veinticinco mil escudos que ofreció Felipe II por su
cabeza. Ir a pie, solo, sin recursos, sin pistola, sin cuchillo,
creando el género de los asesinos que piden a su víctima
el dinero que hace falta para comprar el arma del crimen, tal fue
la hazaña de Baltasar Gérard, un joven carpintero
de Dole. (1) |
2
Una
vez soñé con Roberto Bolaño: lo llamaba, quería
hablar con él como él hablaba con Rodrigo Fresán
por teléfono acerca de Philip K. Dick. Roberto Bolaño no
me respondía. ¿Por qué convertir en interlocutor
directo, fantasmal pero no menos real, a autores que prácticamente
son ficción para ti, apenas un sueño de oveja eléctrica,
lejanos salvo por una resma encuadernada, encuadernada para releer una
y otra vez, que llevan su nombre, apenas una pequeña fotografía,
alguien sentado en una mesa de cocina, de aire vagamente beat
—como el beat que yo mismo, por ejemplo, quise ser alguna
vez y quiere ser, supongo, cualquier persona con una mínima y sensata
sed de libertad al leer los textos de Kerouac, Ginsberg, Corso, Giorno
o Burroughs; por osmosis o por ese contagio telepático del que
Kerouac hablaba en su decálogo del escritor/manifiesto de la prosa
espontánea—, vagamente beat, decíamos, aquel
tipo de la foto, Roberto Bolaño, y mirando después con algo
parecido a la sorna esos deseos, por ejemplo, de ser beat de
quien mira la foto, de ser piel roja en la costa de Blanes, con un té
en la mano?
Telepatía, telefonía, ¿psicofonías?
Llamadas telefónicas, llamadas perdidas: mejor así, ¿qué
decirle a esa foto, fuera de unos pobres balidos? Así descubrí
a Bolaño: un libro de relatos al azar elegido en el anaquel de
una biblioteca pública y una foto en blanco y negro de una solapa
en el anverso de un título, Llamadas telefónicas
y, entre otros cuentos que parecían querer dar cuenta de buena
parte del siglo XX, una suerte de historia secreta del siglo XX, su histérico
y nada secreto poso; historia secreta en el sentido de historia íntima:
una intrahistoria a voz en grito; pero sobre todo bizarra, la historia
y la histeria que puede escribir y escribe un, digamos, aficionado a la
literatura beat o al cine de monstruos, alguien que aún
espera la gran novela de Thomas Pynchon sobre Godzilla; todo eso a través
de sus consecuencias, que por su ambición, la que empieza una vez
se ha abandonado toda esperanza de/o ambición, podría quererse
una historia del mundo tras la Historia argentina de Rodrigo
Fresán.
Llamadas telefónicas: un cuento-cebo
para cualquier aspirante a escritor de provincias protagonizado por alguien
que malvive presentándose a pequeños premios literarios
convocados por ayuntamientos, bibliotecas municipales, y asociaciones
de amas de casa; concursos herederos de los juegos florales de antaño,
esos «premios desperdigados por la geografía de España,
premio búfalo que un piel roja tenía que salir a cazar pues
en ello le iba la vida». (2)
Llamadas telefónicas: un mentor y
amigo para el protagonista que es alguien que se parece a Onetti y está
de nuestro lado; Bolaño, Belano, también parece(n) estarlo.
3
El
viscero realismo. De lo transmental que decía Todorov o desde esa
forma en la que el poeta, conquistada la autonomía del lenguaje
literario, rotas las amarras con el referente, deja de entender exactamente
lo que dice pero lo dice con salvaje eufonía y también,
continúa Todorov al filo del formalismo ruso y, en este caso concreto,
de Chlovski, busca y logra en esa eufonía (el adjetivo “salvaje”
lo añadiríamos aquí nosotros) una “motivación”,
un enmascaramiento y una excusa (3); de lo trasmental,
definido así, a lo viscerorrealista: tensión entre el significante
puro sin significado o zaum de la vanguardia y el decirlo todo
y con vehemencia; entre la autonomía salvaje del significante,
siempre conseguida, y la autonomía de los poetas viajeros, floridos,
de la vida real, que no pueden quedarse en el significante porque no pueden
conformarse solo con él y buscan por ello también, muchas
veces con desesperación, un significado; siquiera dando cuenta
en esa búsqueda de toda una tradición literaria heredada
—«en la sala de lecturas del infierno»—
(4), y, si es necesario, extendiendo esa búsqueda
a lo largo y ancho del globo terráqueo.
No, García Madero: el profesor del
taller de poesía no sabe qué es un rispetto ni
un strambotto; tampoco los real visceralistas saben francés.
Las amarras con el pasado están rotas en esa búsqueda de
lo referido como un nuevo más allá, único
futuro posible de la palabra; si la religión es una rama de la
literatura fantástica,
como quería Borges, también el significado es un futuro
al que podemos jugar que encontramos en el club de aficionados a la
ciencia ficción. (5)
¿Qué fue a buscar Rimbaud
en África, una vez renunció a la poesía? ¿Qué
van a buscar los poetas floridos de Bolaño a África, cuando
no renuncian a la poesía y duermen en un sofá prestado mientras
los anfitriones abandonan temprano la casa para salir al kibbutz
y trabajar con dureza contra el desierto y ganarle para un futuro imposible,
de ciencia-ficción, sus imposibles frutos? La ciencia-ficción,
ese dios furioso que nos observa y nos odia. Apuntar para el trabajo:
novela preferida de entre todas las de Philip K. Dick por Bolaño:
Dr. Bloodmoney. Nuevos ídolos en órbita, sangrientos
como dioses antiguos. El dólar y el dolor como paronomasia posible,
según traduce Luis Astrana Marín en La tempestad
de Shakespeare.
4
|
Este
ídolo de ojos negros y crin amarilla, sin padres ni corte,
más noble que la fábula, mexicano y flamenco; su territorio,
azul y verdor insolentes, corre entre olas sin navíos, por
playas llamadas con nombres ferozmente griegos, eslavos, célticos
(6).
Arthur Rimbaud
|
Así las olas sin navíos del
desierto oscurecen el discurso; lo acerca a los afásicos, como
quería Artaud. Lo indígena, lo ancestral, Antonin Artaud
a ritmo de rap, rap para afásicos.
5
La
vida de la palabra es como el descuartizado cuerpo de la serpiente
legendaria cuyos trozos se buscan en la oscuridad: ella se tensa,
se estira hacia mil combinaciones (7).
Bruno Schulz
|
Antonin
Artaud en México: lo trasmental. Apuntar para el ensayo, para el
trabajo. Por ejemplo:
Artaud
en América: de Europa a México para alumbrar el verdadero
sueño de la revolución.
Bolaño en Blanes: de México
a Europa para alumbrar el verdadero sueño de la desaparición.
6
Autores
que apuntan al centro del canon.
Disparan.
Aciertan.
7
De espaldas, mirando un punto
pero alejándonos
de él, en línea recta hacia lo desconocido (8).
Ulises Lima/Roberto
Bolaño
|
No
una pantopía, tampoco una ucronía: topónimos reales,
también los inventados; como los nombres, apellidos: así
es el juego aquí, así lo hace Bolaño. Uno más,
una de las últimas catenarias.
Fechas, lugares: poetas vanguardistas y
escritores que queriendo escribir visceral y exclusivamente sobre la vida
más pura y directa acaban escribiendo irremisible y privilegiadamente
sobre la escritura; Sudacas Voladores, soñadores que detestan a
los soñadores. Mujeres humilladas, violadas, asesinadas, descuartizadas.
Ese salto de la hermosa diferencia de Los detectives salvajes
a la sublime indiferencia de 2666 —subrayo las
palabras ajenas de esta frase: pertenecen a Baudrillard; De lo hermoso
a lo sublime. ¿Pero sublime o terrible?
Pavoroso.
Es la indiferencia que no pueden demostrar
los protagonistas de la primera parte de 2666, ante los comentarios
sexistas del taxista. La indiferencia a la que se ven arrastrados los
protagonistas de las pesquisas policiales, en el corazón terrible
de la novela.
Todos esos nombres propios, reales, como
todos nosotros (¿somos reales todavía?).
Baudrillard: «En nuestro tiempo,
el hombre ya no se asusta; son las máquinas quienes se asustan.
Sólo cuando el hombre actúa como una máquina, recupera
su capacidad de asustarse». Tenía apuntada esta cita
en uno de mis cuadernos, y al margen de la nota apunté también
“para artículo de Bolaño”. Pero no apunté
la referencia bibliográfica y ahora la busco entre un buen montón
de sus libros; no la encuentro y llego a plantearme por qué pensé
que encajaría aquí. Saco, eso sí, una conclusión:
la presencia constante del miedo y también, por tanto, de su reverso
exacto, esto es la indiferencia, en los análisis de sociología-ficción
baudrillardianos. Miedo al otro y a nosotros mismos, así como indiferencia
hacia uno y otro; miedo a los fantasmas del futuro y a los fantasmas del
pasado, e indiferencia, etc, en una era en la que, acaso más que
nunca,
el presente es lo único real, y saturado de sí mismo, se
satura también de su propia, eternamente diferida desaparición;
hacia delante o hacia atrás.
La encontré: Cool Memories
(9). La traducción no es exactamente la misma,
pero la diferencia no es sustancial. Sólo una cuestión de
forma y ritmo, de estilo. Seguramente me topé con la cita
en internet. Del libro a la red y de la red al libro. Del punzón
o stylus al libro, y viceversa. La literatura y la palabra como
carrera de relevos —¿pero tiene fin esa carrera?; sí:
en su origen, pero ¿dónde ese origen?—: en la literatura
mundial que Goethe soñó y ya, acaso, se fragua de forma
irremisible con la globalización. ¿Es la profusión
de lenguas una maldición, es el abandono de la torre una bendición?
Esto es un inglés, un francés, un italiano y un español:
un principio que nos recuerda automática y maquinalmente a un chiste,
principio para una novela que no es, precisamente, un chiste, sino un
aviso pavoroso para un futuro cifrado, por ejemplo, en 2666,
y firmado por un presciente dickiano llamado Roberto Bolaño. Carrera
de relevos, decíamos: el testigo, la investigación, pasan
de país a país, entre escritores, entre aquellos cuya patria
no es más, dice Fresán, que su biblioteca.
Héroes viajeros de la nueva literatura
mundial: los viajeros del pasado de Bolaño frente a los viajeros
del futuro de Ray Loriga en Tokio ya no nos quiere, los viajeros
sin memoria de Loriga frente a los viajeros con demasiada memoria, queriendo
perderla desesperadamente, de Los detectives salvajes de Bolaño.
Todos ellos, de cualquier forma, conminados a abandonar la torre: más
allá de su ducado de Milán, como Próspero («Mi
biblioteca era un ducado lo suficientemente grande») (10),
pero también más allá de la torre de su biblioteca;
y aún más allá de Los detectives salvajes,
abandonar también la torre holderliniana del devenir-loco, para
sumirse en la locura personal (Amberes) y colectiva (2666).
El horror sin fin de esta última
novela nos hace volver, no acabarla como no la acabó Bolaño.
Volvemos a Los detectives salvajes, a su final que se disipa
despacio como un cuadrado trazado en las arenas de un desierto: así
la cuadratura intermitente del círculo inexistente, para constatar
de cualquier forma el desencanto final, por un fin que no existe; el círculo
cerrado final con la vuelta al pasado, al primer tramo de la novela y
a su viaje a ninguna parte, una vez más, una y otra vez: Continue?
3…, 2…. Insert Coin.
Siga probando suerte: hay miles de premios.
De Shakespeare a Bolaño el ducado
de la propia biblioteca; siendo nosotros mismos nuestros propios Calibán:
¿monstruos esperanzados o desesperanzados? Carrera de relevos,
carrera sin meta, realista y visceral como un ejemplo. Los real visceralistas
buscan en Tinajero lo que Anne Carson en Artaud, lo que Deleuze en Artaud,
lo que Foucault, Derrida o Ashbery en Roussell, lo que Carson en Derrida
o Ashbery… Es sólo un ejemplo propio trasmental, cada cual
puede hacer su lista y su cadena. ¿Continuar partida? YES / NO
¿Tiene fin?
 |
Ojalá
que no: no es más que la lista de “crímenes”
de la cultura, no es más que eso. Nada más allá de
gente leyendo a gente.
La poeta canadiense Anne Carson viaja a
México y, metida en la piel y en el cuerpo sin órganos de
Artaud, escribe: —«SEMANA ARTAUD: Me dieron una semana
para “cogerle el punto” a Artaud / y preparar un guión.
/ Aquellas noches fueron como santos». (11)
Más adelante, concluye: «Igual que muchos hombres blancos
de aquí quieren creer en el nacimiento de Dios. Contemplado durante
horas». (12) Malcolm
Lowry también vino a buscarlo. Bolaño lo buscó en
Lowry, mientras comía enchiladas. «¿Quiere usted
la salvación de México?». (13)
Más cut-up: Burroughs, otro
investigador por cuenta propia en el México salvaje. Un hijo de
Harvard, nieto del inventor de una calculadora electrónica precedente
del actual ordenador personal, cocido a fuego lento de la paranoia de
las drogas y consumido sadianamente, igual de gozosamente que
por las drogas, por los lugares al margen del centro a los que tan adicto
fue —y en este caso no sólo hablamos de lugares de pensamiento,
de psicotropismos literarios, políticos y químicos, sino
también de su frecuente condición de viajero por los mundos
al margen de su mundo céntrico norteamericano: México,
Marruecos, etc. Burroughs, en su típico estilo exagerado, alucinado
y sádico del que él mismo fue siempre la primera víctima,
escribe en carta a Ginsberg: «Querido Allen: México no
es sencillo ni bucólico. En él se reflejan dos mil años
de enfermedades y miserias y degradación y estupidez y esclavitud,
brutalidad y terrorismo físico y psicológico. México
es siniestro y tenebroso y caótico, con el caos propio de los sueños.
Es mi hogar y a mí me encanta».
8
Ahora estoy
leyendo a los poetas mexicanos muertos,
mis futuros colegas.
García Madero/Roberto
Bolaño
|
El
hipertexto viene a sustituir, en tiempos de hiperrealidad, al postexto
de la posmodernidad. Las investigaciones vehementes de la vanguardia histórica
se retoman una vez más, actualizándolas en tiempos donde
el tiempo, una vez más, y lejos del monstruoso y cínico
continuo posmoderno, se fractura hasta el infinito: el de número
de poros, de agujeros, en la piel del esquizoide que su hipervisión
fracturada revela. Tiempos donde no sólo el centro se desplaza
para hacerse añicos, sino también la periferia. La historia
no ha acabado; sólo cuando pretendemos que la historia ha llegado
a su término vemos desfilar sus cadáveres: Gehena y también
valle de Josafat virtual puesto en rebobinado una y otra vez. Compruebe
que su realidad coincide con la imagen de su pantalla. Cambie de periodo
histórico como cambia de canal. ¿Game over? ¿Desea
continuar la partida?
Antonin Artaud vuelve a Europa para ingresar
en un psiquiátrico.
Horacio Oliveira (14)
vuelve de Europa para trabajar (15) en un psiquiátrico.
9
|
«En
1650 se firmó el tratado de Munster entre los Países
Bajos y España, reconociéndose la libertad de comercio
y el derecho de los holandeses a navegar hacia las Indias Occidentales.
Igualmente, se firmó el mismo año el Tratado de Navegación
y Comercio con Holanda. Éste último fue tan ventajoso
para Holanda que muy pronto todos los países europeos quisieron
firmar tratados en las mismas condiciones».
Jesús Rodríguez
Rubio
La patente de corso con la monarquía borbónica
en Cartagena durante el siglo XVIII (16)
|
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En
aquel tiempo, si mal no recuerdo, mi vida era un festín en
el que se abrían todos los corazones y se derramaban todos
los vinos
y un
día senté a la belleza en mi regazo y la encontré
amarga y la injurié.
Arthur Rimbaud
Una temporada en el infierno
|
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Yo
era un adolescente en aquel tiempo
Tenía apenas dieciséis años y ya no me acordaba
de mi infancia
Estaba a dieciséis mil leguas del lugar de mi nacimiento
Estaba en Moscú, en la ciudad de los mil y tres campanarios
y de las siete estaciones
Y no me bastaban las siete estaciones y las mil y tres torres
Porque mi adolescencia era entonces tan ardiente y tan loca
que mi corazón, alternativamente, ardía como el templo
de Éfeso o como la Plaza Roja de Moscú
Al ponerse el sol.
Mis ojos iluminaban antiguos caminos.
Y yo era tan mal poeta
que no sabía ir hasta el fondo.
Sin embargo,
era yo un pésimo poeta
que no sabía ir hasta el fondo.
Tenía hambre.
[…]
Presentía la llegada del gran Cristo rojo de la revolución
rusa...
Y el sol era una llaga maligna
que se abría como una brasa.
Yo era un adolescente
en aquel tiempo
Tenía apenas dieciséis años y ya no me acordaba
de mi nacimiento
Estaba en Moscú, donde quería nutrirme de llamas
Y no me bastaban las torres y las estaciones que constelaban mis
ojos
En Siberia tronaba el cañón, era la guerra
El hambre el frío la peste el cólera
Y las aguas fangosas del Amor arrastraban millones de
carroñas
En todas las estaciones veía partir los últimos trenes
[…]
Yo, el
mal poeta que no quería ir a ningún lado podía
ir a
cualquier parte
Blaise Cendrars
Prosa del Transiberiano
|
|
En aquel tiempo yo tenía
veinte años
y estaba loco. Había perdido un país
pero había ganado un sueño.
Y si tenía ese sueño
lo demás no importaba.
Roberto Bolaño
Los perros románticos
|
10
Intento
imponer orden en este escrito, en esta compilación de citas y de
reflexiones, muchas de ellas trasmentales. El orden es imposible cuando
la riada alcanza estas proporciones, así que trato de registrar
en la medida de lo posible las direcciones de la huida. Burroughs, más
fragmentos de sus cartas: «Querido Allen: La muerte de Joan
me ha puesto en contacto con el espíritu invasor. Vivo con la amenaza
permanente de la posesión total y la necesidad de escapar del “control”.
Estoy escribiendo mi huida…». Aunque la cita podría
acabar aquí, añado que continúa: «…y
será algo muy distinto a Yonqui»; es decir:
más allá del realismo, ya no más sus “sencillas”
experiencias reales como adicto a la heroína: la mezcla de géneros
literarios en el atanar del delirio, aderezada por sus viajes y sus experiencias
como heroinómano y como homosexual sublimadas y a la vez exageradas
hacia la ciencia-ficción satírica con la que retrató
todo su/nuestro universo; una etiqueta, la de ciencia ficción satírica,
que será, quizás, la que mejor explique, una vez considerada
la imposibilidad real de etiquetarla, la mayor parte de su producción
novelística.
11
| Es
muy difícil o imposible encontrar otro pueblo que haya soportado
tantos reveses y miserias como los españoles en sus descubrimientos
en las Indias. Tempestades y naufragios, hambres, derrotas, motines,
calor, frío, peste y toda clase de enfermedades tanto conocidas
como nuevas, además de una extrema pobreza y de la carencia
de todo lo necesario, han sido sus enemigos. Muchos años
se han acumulado sobre sus cabezas mientras recorrían apenas
unas leguas. No obstante, más de uno o dos han consumido
su esfuerzo, su fortuna y su vida en la búsqueda de un dorado
reino, sin obtener de él más noticias que las que
al principio ya conocían. A pesar de todo lo cual no se han
descorazonado. A buen seguro están de sobra compensados con
esos terrenos y esos parajes de que gozan, y bien merecen conservarlos
en paz.
Sir Walter Raleigh
(17)
|
¿De
qué hablamos cuando hablamos de españoles, de mexicanos,
de franceses, de argelinos, británicos, estadounidenses, israelíes,
chilenos, alemanes, italianos, chinos, japoneses, neozelandeses, finlandeses?
Esto empieza a parecer cada vez menos un
artículo y cada vez más un texto escolar.
Este es el punto en el que yo, aquí,
desaparezco.
[Apuntar ejemplo de la página 388
de Moll Flanders de Daniel Defoe, edición tal y tal, para
desarrollar la idea del “camino”: la expresión “echarse
al camino” implicaba, en el siglo XVIII, dedicarse a la delincuencia,
hacerse salteador; conectar con el “on the road” de Kerouac,
en salto hacia el hedonismo que se dispara en todas direcciones y el autosalteamiento
físico y mental de los beat y con parada final en el camino
de lo estrictamente literario presente, al fin lo estrictamente literario,
lo autónoma-etcétera, como querían los formalistas
—o sea, de alguna forma, trasmental.]
|
Matarse, dijo,
en esta coyuntura sociopolítica, es absurdo
y redundante. Mejor convertirse en poeta secreto.
Roberto Bolaño
|
12
Amberes:
uno de los primeros ensayos, no ordenado, apenas un golpe ciego, furioso,
en la obra de Roberto Bolaño y durante largo tiempo inédita;
no perderá tal condición hasta que su autor alcance al fin
el reconocimiento y en una versión acortada, tal y como anuncia
su autor en el prólogo. (18) Con él
Bolaño toma Holanda: la Europa flotante. Amberes: imaginar
un motivo por el que Bolaño titula así su nouvelle
más surrealista y salvaje; un motivo bajovisceral, por encima o
por debajo de lo real; lo menos visceral: ¿lo más alejado
de cualquier significado?; vicerreal; un motivo caprichoso, delirante.
Cojo el Confabulario definitivo de Juan José Arreaola,
lo abro al azar. Encabezo este texto con el principio del relato que me
sale al paso. Le pongo arriba el número uno: por empezar por alguna
parte, por empezar con un autor mexicano y por lo tanto detective también;
salvaje. Por empezar con la visión que un americano pueda tener
—también él, detective así: como todos—
de Europa.
Voy atrás, copio, numero. Luego,
de vuelta aquí, sigo:
A través de una penosa persecución
por los Países Bajos, muerto de hambre y de fatiga, padeciendo
incontables demoras entre los ejércitos españoles y flamencos,
logró abrirse paso hasta su víctima. En dudas, rodeos y
retrocesos invirtió tres años y tuvo que soportar la vejación
de que Gaspar Añastro le tomara la delantera.
El portugués Gaspar Añastro,
comerciante en paños, no carecía de imaginación,
sobre todo ante un señuelo de veintinco mil escudos. Hombre precavido,
eligió cuidadosamente el procedimiento y la fecha del crimen. Pero
a última hora decidió poner un intermediario entre su cerebro
y el arma: Juan de Jáuregui la empuñaría por él.
(19)
Bolaño toma Amberes como la tomó
un experto en golpes ciegos, cuatro siglos antes, también para
empezar de cero el realismo en la novela: Lázaro de Tormes, un
chico junto a un río. El río de la vida. Río, agua,
lluvia: fluye con ella. Amberes: Biólogos aburridos
contemplan la lluvia desde los ventanales de su corporación
(20). Seguir acumulando, así, fragmentos:
es el procedimiento narrativo característico de la épica
según Todorov y a través, la afirmación de Todorov,
de Brecht, Döblin o Schiller (21): «Döblin
reproduce aquí la interpretación de la oposición
épico/dramático, tal y como la practica Schiller: “En
la obra épica, la acción avanza fragmento a fragmento, por
aglutinación. Tal es la oposición épica. Se opone
al desarrollo del drama, al desarrollo a partir de un punto”».
Los detectives salvajes comienza en el momento en que García
Madero es invitado a ingresar en el Realismo Visceral y él, “por
supuesto”, acepta. La novela avanzará “de espaldas,
mirando un punto pero alejándose de él”, hacia ese
desconocido que se empeñan los personajes en conocer; entre la
búsqueda salvaje de los poetas en el México DF, salvaje
porque ya Baudelaire, primer poeta de la modernidad, sabe que sólo
la inocencia salvaje del flâneur puede penetrar del todo
en el secreto de la urbe moderna, y la búsqueda final, que es también
una vuelta al pasado, un cerrar un círculo que no se puede cerrar,
so pena de hacerlo vicioso, en ese regreso y esa continuación,
la búsqueda salvaje, cíclica, casi bíblica, del secreto
del desierto; entre esa aceptación de la aventura del héroe
sin vacilar —contraviniendo el primer paso si no vacilante de claro
rechazo que hacia ella, la aventura, suele dar arquetípicamente
el héroe según Joseph Campbell— y ese cuadrado final
que se desvanece en un punto de no retorno de la geometría, entre
infantiles chistes sobre mexicanos y el rigor absoluto e inmisericorde
del desierto; entre ese primer y último tramo de la novela se inserta
el grueso de ella: fragmentos —¿épicos?— situados
en un punto medio sin fin ni principio. Épica, en todo caso, de
la nada —con un canto lírico y dramático de todo lo
que nos hace humanos insertado en medio—, la nada en la
que se acaban viendo envueltos los jóvenes y salvajes poetas-detectives,
esos mismos investigadores rabiosos, demasiado humanos, que acaban en
el sofá mientras el resto de los moradores de la casa, los no poetas,
los “otros”, los “no creadores”, parten como todas
las mañanas al desierto para crear en él un huerto y un
jardín: ganarle ambos al desierto, para que no se confundan con
él, que no acaben desvaneciéndose entre sus líneas
discontinuas.
Todorov sigue citando a Döblin: «En
una buena obra épica, los personajes aislados o los episodios individuales
extraídos del conjunto se mantienen con vida; mientras que la novela
del escribimiento desaparece con su tensión aguda» (22).
Así acaba todo intento de acabar con la épica, de practicar
una contraépica. «Si luchas contra el imperio te contagias
del imperio» (Philip K. Dick). Así acaba todo intento
de taxonomizar o taxidermizar, en el otro extremo, la vanguardia o el
malditismo: «No se puede teorizar sobre algo como la parte maldita
sin ser uno mismo parte de esa maldición» (Jean Baudrillard)
(23). Afortunadamente, esto es un simulacro: simulacro
torpe y ensayístico —ensayo y error— sobre uno de los
simulacros épicos o contraépicos más convincentes
de nuestro tiempo, Los detectives salvajes. Döblin citado
por Todorov: «Indico aquí dos rasgos distintivos esenciales
de la obra épica: soberanía de la imaginación y soberanía
del arte verbal», (op. cit., p.41). Esto, insistimos es un
simulacro: no lo intente en casa.
Recapitulamos:
imaginación y arte verbal. Vuelvo del final de este texto —regreso
del futuro— para añadir otra cita de Bruno Schulz: «El
proceso de dar sentido al mundo está estrictamente relacionado
con la palabra. El habla es un órgano metafísico del hombre.
Sin embargo, con el paso del tiempo, la palabra se endurece, coagula,
deja de ser el conductor de nuevos significados. El poeta devuelve a las
palabras su papel conductor a través de nuevos cortocircuitos que
surgen de las acumulaciones» (24).
Venimos del siglo XX, en el que la filosofía
ha colocado, tras la fenomenología y el psicoanálisis, al
lenguaje en el centro privilegiado de sus intereses, y con dicho lenguaje
a su principal máquina de guerra, o sea su órgano
expansivo: la literatura. Quedan lejanos ya los tiempos, sin embargo,
en los que Baudelaire, a propósito de Poe, afirmaba que «no
está lejano el tiempo en que se comprenda que una literatura que
se niegue a hacer fraternalmente su camino en unión de la ciencia
y la filosofía es una literatura homicida y suicida» (25).
Lejanos ya los tiempos en los que «Di, Blaise, ¿estamos
muy lejos de Montmartre?».
La literatura y la filosofía se nutren
desde siempre, inevitablemente, la una de la otra; pero mientras la filosofía
busca la verdad, la literatura sólo busca lo verosímil.
Entre unas y otras estelas de nombres propios, nombres y más nombres,
nombres de escritores que escriben sobre escritores, escritores vivos
y escritores muertos. El nombre de Bolaño, Bolaño vivo cuando
leí sus Los detectives salvajes, Bolaño desgraciadamente
muerto cuando yo ahora torpemente hilo (¿hilo?) estas pesquisas;
Bolaño, en cualquiera de los dos casos, en el trayecto final de
su tránsito (la literatura siempre entre el tránsito y la
muerte, como quiere Frank Kermode, y sintiendo el fin), ese tránsito
en el que, quizás consciente de su muerte cercana, luchó
a contrarreloj, más vital que nunca, con una premura y
una importancia vital, con el mismo salvajismo de un Boris Vian
—que desarrolló su obra avisado también de la cercanía
de su muerte—, y jugando a sortear todos esos nombres para conquistar
su libertad y su nombre, para darle ese nombre a una pesadilla, al final,
tanto real como verosímil, pero también y sobre todo a un
puñado de sueños, en cualquiera de sus libros que no sea
su libro final, con vivos y muertos como compañeros de
viaje; ese viaje que lleva a cabo cualquier héroe literario o cualquier
detective; por ejemplo nosotros mismos, lectores, al abrir cualquier libro.
Acerquémonos de nuevo a Amberes.
Muchos libros españoles se imprimieron allí. El Lazarillo
es uno más. En su primera segunda parte espúrea, el chico
se transformará en pez para volver al río: anuncio de lo
que ha de venir: vuelta al cero, una y otra vez, de la novela en su pretensión
de registrar la realidad, y estamos aún en el siglo XVI, no ha
nacido ni El Quijote.
Volvamos ahora al siglo XX: mientras el
escritor y el crítico o el poeta y el poeta se baten en estúpidos
—¿gratuitos?— duelos en un aula de la Universidad o
a la sombra de una escullera, mientras las investigaciones de los detectives
reales, los investigadores del mal auténtico, gratuito de verdad,
los que tratan de contener el horror auténtico, deben parar para
que desfile a la hora del almuerzo y en la cena burrito tras burrito,
nachos, fajitas, guacamole y chile…, todo esto ocurre mientras se
suceden los crímenes auténticos: descripción pormenorizada
del crimen y también del menú; el muerto al hoyito y el
vivo al burrito, este último con la cara de estupidez que se le
debe quedar al personaje de ficción, nacido de la ficción,
del amor a la ficción, ante el mal absoluto, el mal gratuito, el
mal real.
Considero el inicio de la obra bolañiana,
por una cuestión exclusiva de memoria personal mía, de biografía
lectora, Llamadas telefónicas. Los detectives salvajes,
en una consideración ya no sólo cronológica sino
también, espero, objetiva, resultaría el cénit de
la obra bolañiana, su on the road interminable. Y 2666
quedaría como el fin (un fin también sin fin si la última
y quinta parte de esta novela quedó para siempre inconclusa), revelación
del mal en estado puro y por tanto su apocalipsis.
Dos novelas distintas se imbrican en las
dos cumbres bolañianas: deseo y realidad. La derrota de la pasión
al tiempo que su perfecta y fulgurante formulación, en Los
detectives salvajes, pero después Roberto Bolaño no
quiso morir sin lanzarnos un alegato contra el mal, un aviso del futuro
funesto, valga la redundancia, que puede esperarnos a sus herederos: a
todos nosotros.
13
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¿Qué intenta
descargar en alguien, míster? ¿Basura radiactiva?
William S. Burroughs
La máquina blanda
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El
mal, como la poesía, no sirve para nada. ¿Qué armas
les quedan a los poetas, a los que escriben poemas gratuitos con ese amor
por los gestos inútiles (26), a los que escriben
poemas para arrojarlos acto y seguido al río y sigan así
su curso bajo la luz de la luna, tal y como hacía el poeta chino
Li Bai hace dieciséis siglos? «Maldigo la poesía
concebida como un lujo», escribía Gabriel Celaya. «Escribir
poemas con esa generosidad», contaba Bolaño de su juventud,
cuando escribía de forma torrencial para después perder
los papeles sin resma río abajo y no en el alambre de Joyce (¿en
el alambre para papeles de la letrina de Bloom?) (27)
El
tipo está sentado en una de las terrazas del guetto conjetural.
Escribe postales pues su respiración le impide hacer poemas como
quisiera. Quiero decir: poemas gratuitos, sin ningún valor añadido.
Sus ojos retienen una visión de cuerpos desnudos que se mueven
con lentitud fuera del mar. Después sólo resta el vacío.
“Camareros de temporada caminando por la playa”… “La
luz del atardecer descompone nuestra percepción del viento”...
(28)
2666: un futuro y una fecha para el mal
absoluto, un decimal con periodo, que se repite hasta el infinito y así,
en asíntota, nunca llega. Pienso en el futuro y pienso en algo
que leí en Jean Baudrillard, voy a buscarlo, lo encuentro esta
vez a la primera: «Los escritores de Apocalipsis eran personas
metódicas que se enviaban carta tras carta en lugar de interrogar
al propio Anticristo» (29).
Quizás en Sudamérica se insista
más en que el inicio de la modernidad —aquello que en Europa
o en Norteamérica ciframos más bien en la complicada torre
romántica, los complicados pozo y torre y péndulo
románticos— queda instaurado por la presencia de la abyección
(30): de las prostitutas y las drogas del centro
de París en Las flores del mal de Baudelaire a la miseria
moral en Matadero de Esteban Echeverría. John Ashbery:
«Esa sensación que sobreviene tras los grandes periodos
de la historia, cuyo aislamiento es tal que parecen prometer más
de lo que sus posibilidades pueden dar» (31)
Pienso en Walt Whitman alumbrando la épica tranquila de
un país aún inexistente, en la otra cara de esa épica
que representa Moby Dick, alumbradas ambas en unas respectivas primeras
ediciones distantes la una de la otra cuatro años. «Esa
sensación que sobreviene […]» etc, y también,
en ese mismo poema, justo antes, a la vuelta de los dos puntos que introducen
esos versos en prosa en yuxtaposición (¿explicativa, causal,
condicional, consecutiva, concesiva?; ¿cómo traducir, cómo
traer de un idioma a otro?): «de otro modo, su intensidad
se esfuma en la pura efervescencia, dejándote gratamente aturdido
y soñoliento» (32).
Los grandes periodos de la historia: Goethe
y su literatura mundial, Whitman y su canto a sí mismo y también
al «amor sin condiciones ni fronteras» (33),
el ante 68 de Burroughs y el post 68 de Cortázar; el post-post
68 de Bolaño: las vueltas literarias y vitales de estos tres autores,
sus viajes físicos y mentales, exagerados, literarios; la revolución
literaria y la revolución vital.
José Revueltas enseña a Pedro
Páramo a hablar desde la muerte y convertirse así en nuestra
conciencia.
En el poema citado de Ashbery (autor de
viajes mentales, en su personalísimo post-68; su revolución
mental) y en la misma página, poco después: «Ofrecen
un pretexto para mirar dentro de nosotros mismos». Voz en off
desde el televisor, voz desde los altavoces situados alrededor de la pista
del circo, de un circo como ejemplo, de cualquier circo, mientras
sigo escribiendo, dando vueltas, escribiendo, y ahora transcribo lo escuchado:
«Hecho por profesionales: no intenten esto en casa, muchachos».
14
Cómo
escribir novelas después de las novelas que Borges no escribió.
Un lector de contraportadas se dispone a redactar una monumental historia
de la literatura a través de sus solapas: proyecto borgiano, acaso,
pero precisamente pienso en Borges y en una frase promocional que podría
figurar —¿figura ya, mi memoria me traiciona?— en la
contraportada o solapa de algún libro de Bolaño: “La
novela que habría escrito Borges”. Un comentario socorrido
en bastantes solapas, devenido ya lugar común del género
“solapa”, convendrá conmigo cualquier atento lector
de dicho género; pero en este caso, como quizás por otra
parte en todos ellos —pienso en todos los casos en los que se asevera
la comparación abarcante/territorializadora y también en
el resto de los casos en los que no: acaso todo nuestro universo sea ya,
para siempre, una incesante y autogenerada nota a pie de página
de una novela no escrita por Borges—; en este caso, decíamos,
me parece acertado. ¿Cómo escribir novelas después
de las novelas que Borges no etcétera?
Más contraportadas y fajitas promocionales:
dijo Enrique Vila-Matas de Los detectives salvajes que da un
carpetazo genial a la Rayuela de Cortázar. El hálito
de los detectives, a menos que la posteridad —«posteridad:
bofetada pero sin acritud, bofetada que signifique un “¿es
que no te das cuenta?”»: es lo que Bolaño comentaba
le gustaría hacer cada vez que un escritor novel le mencionaba
la palabra posteridad—; a menos que el tiempo venga a afearnos
la conducta, decíamos, la ambición de la novela, el gesto
de su alcance da para emparentarla con los grandes nombres y los grandes
gestos, los grandes cantares de gestos del ya pasado siglo.
La posteridad, ja ja. Dicen que no se debe
releer la Rayuela de Cortázar bajo riesgo de que se le
caiga a uno de las manos. Tras la fascinación que me produjo su
lectura, no he querido volver a saltar a la pata coja en ella —véase
nota 15, al pie: gracias, Diego—. Tras la fascinación que
me produjo Los detectives salvajes
no he querido volver sobre los pasos de su alucinada, febril y poderosa
investigación; ni siquiera para este artículo, este texto
sobre otro texto y muchos otros textos, sobre el texto único que
compone ese ser de múltiples cabezas que es el ser humano —¿quién,
humano: tú, yo, él?, ¿quiénes, quién?—,
esta recensión de múltiples cabezas como las que cualquiera
tiene a cada momento, día tras día —García
Madero, Ulises Lima, Arturo Belano, Roberto Bolaño: los múltiples
nombres de Bolaño, a quienes conoció, a quienes inventó;
también nosotros y también a nosotros, leyéndolo—,
recensión o receso que improviso como si se me cayese de las manos,
de mis decenas de manos, cayendo a un río, a muchos ríos,
siempre en movimiento y siempre pasados; a un pasado que es tantos pasados
y que quedan siempre atrás, en tantas direcciones que son, al final,
por fin, sólo una; allí donde siempre llueve sobre fragmentos
de papel que, si la memoria hace su trabajo (34),
ya no importan.
Benjamin hablaba de la «metafísica
del provocador» en su estudio sobre Baudelaire (35).
Nosotros podríamos hablar del cansancio del provocador en Cortázar
si tenemos en cuenta el carpetazo genial de Bolaño a la Rayuela
cortazariana, sí, pero también debemos recordar el final
que Cortázar dejó preparado para su novela, ese “siga
buscando”, ese continuar la partida una y otra vez a la pata coja
en un bucle sin fin desde el penúltimo capítulo al último
y desde el último al penúltimo, porque toda provocación
es una asíntota sin fin, como toda metafísica.
En la historieta David Boring de
Daniel Clowes, su protagonista extrae de su caja, cuando se siente triste,
el único legado que conserva de un padre esquivo y errante, dibujante
profesional de cómics al que apenas vio: un tebeo de su autoría
y que él, su hijo, rompió en pedazos en un momento de rabia
contra él por haberlo abandonado. Cuando se siente triste, decía,
ese huérfano órfico que somos todos saca los fragmentos
de su caja y juega a recomponer la historia, pero siempre le falta alguna
pieza del puzzle que fue quien le antecedió. Guardará los
fragmentos, desordenados, de nuevo en su cajita. Y tarde o temprano probará
de nuevo este juego serio; cuando le invada la tristeza, que es decir
una y otra vez, tratará de reordenar inútilmente la totalidad.
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Mis poemas y yo vamos a
fundirnos con tu espíritu,
como gira la rueda alrededor del eje este libro,
inconsciente, no gira sino en torno de tu idea.
Walt Whitman
Hojas de hierba
(hacia el final del libro)
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15
Literatura,
viajes: ventajas de viajar en tren. Más lecturas, autores encadenados:
continúa la libación. Anoto en el tren que me trae de vuelta
de Lorca una cita de Burroughs: libo en él. Días más
tarde, de vacaciones junto al mar, leo a W. B. Sebald: en el vestíbulo
de entrada de la Centraal Station de Amberes, tal y como describe el narrador
de Austerlitz, la colmena de abejas es uno de los motivos heráldicos
que rodea al visitante. Sebald o su personaje citan para dicho motivo
los significados siguientes: a) «la Naturaleza al servicio del hombre»,
b) «la laboriosidad como virtud social»; y destaca(n) un tercero
c) «el principio de la acumulación del capital» (36);
olvida(n) la metáfora clásica que identifica a la abeja
con el poeta por la destilación que éste hace de las obras
de sus predecesores tras libar en ellas, en sus flores; quizás
porque éste último símbolo sería el de la
abeja sin su colmena: una individualidad, a pesar de todo: expulsado así
de la república.
Incluyo aquí la historia de Novelli,
también en Austerlitz: «Fue detenido y llevado
a Dachau. Sobre lo que ocurrió allí, sigue diciendo Simon,
Novelli nunca llegó a hablarle, salvo en una sola ocasión,
en que le dijo que, tras su liberación del campo, podía
soportar tan mal la vista de un alemán, incluso de uno de los seres
así llamados civilizados, tanto de sexo masculino como femenino,
que apenas recuperado a medias, se fue a Suramérica con el primer
barco, para vivir allí como buscador de oro y de diamantes. Durante
algún tiempo Novelli vivió en la verde selva con una tribu
de gente pequeña y piel cobriza brillante que un día, sin
que se hubiera movido una hoja, apareció a su lado como por ensalmo.
Él adoptó sus costumbres y, lo mejor que pudo, recopiló
un diccionario de su idioma, compuesto casi exclusivamente de vocales
y, sobre todo, del sonido A en infinitas variaciones de entonación
y acento […]. Más tarde, de vuelta a su patria, Novelli comenzó
a pintar cuadros. Su motivo principal, que utilizó en formas y
composiciones siempre nuevas —filiforme, gras, soudain plus
épais ou plus grand, puis de nouveau mince, boiteux— era
la letra A, que rasguñaba en las superficies que pintaba de color,
unas veces con el lápiz, otras con el mango del pincel o con otro
instrumento más tosco aún, en hileras estrechamente apretadas
e imbricadas, siempre iguales y sin embargo sin repetirse nunca, que subían
y bajaban en oleadas como un grito largamente sostenido.
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
AAAAA (37) |
16
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«Aquel
día, Austerlitz, después de que hubiéramos
dejado nuestros puestos aventajados en la terraza y paseado por
el centro de la ciudad, habló largo rato de las huellas del
dolor que, como él decía saber, atravesaban la historia
en finas líneas innumerables».
W. B. Sebald
Austerlitz
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17
Pienso
en el dolor y evito el dolor real pensando en Vallejo: lo pienso
para acotarlo, a través de los libros para tratar de entender inútilmente
sus manifestaciones más terribles a lo largo de la historia; a
través de la pequeña y continua cuota que todos tenemos
en nuestras vidas para prevenir mi vida, inútilmente, de él.
Siempre que pienso en el dolor pienso en
Vallejo, en sus versos eternos, eternamente doloridos. Hay golpes en la
vida, sí.
Golpes como versos.
Días más tarde, en el coche
de mi novia, escuchando a Serrat: «golpe a golpe, verso a verso».
18
Carlos
Henderson acerca de César Vallejo (38): «El
triunfo de la URSS —dice Gide— permitirá el advenimiento
de una literatura alegre. Es desde este punto de vista que la literatura
soviética contrastará gloriosamente con la literatura burguesa».
¿El señor Gide ha reflexionado bien lo que dice? ¿Se
da cuenta de lo que sería, en el futuro, una literatura en que
ya no exista el dolor? ¿Admite el señor Gide siquiera sea
la posibilidad de una tal mutilación del corazón humano?
¿No cree el señor Gide que el propio reinado exclusivo de
la alegría sería el mayor de los dolores que se imponga
al hombre? ¡Alegría! ¡Dolor! En todo caso, el señor
Gide, al formular su frase, tenía seguramente a la dialéctica
[ilegible] por la cabeza de su despacho. ¡Muy hegeliano, el señor
Gide! Hoy como ayer y como antier [sic]». (Vallejo 1973b: 155-156).
¿Cómo se puede entender lo
anterior? A mi juicio, con la noción del «dolor cósmico»
propuesta por William Rowe. Este estudioso nos hace comprender que el
dolor cósmico se inició con la llegada de lo hispánico
al Perú. ¿Y qué caracteriza el dolor cósmico,
el dolor cósmico nativo? Rowe explica: «El sufrimiento [...]
es inagotable, simplemente aniquilador, excediendo todo medio de expresión
que lo contenga». (Rowe 1996: 119). Vallejo no era indio sino mestizo.
Había vivido en Santiago de Chuco, un pueblo andino mestizo. Es
allí donde toma contacto con las formas mestizas del dolor cósmico.
Y Rowe precisa: «El tratamiento que hace Vallejo del dolor, reúne
tres niveles: el dolor inagotable mestizo, el dolor cósmico de
la tradición nativa y la moderna visión de un futuro que
abolirá el sufrimiento innecesario. En esta intersección,
cuya complejidad es la historia del Perú, Vallejo agrega un elemento
nuevo: un dolor cósmico cuyo efecto resiste cualquier localización
y cuya causa no puede ser identificada». (Rowe 1996: 119)
La noción del «dolor cósmico»
puede ayudarnos a comprender ese breve escrito de Vallejo. En plena crisis
ideológica inconscientemente se reafirma en lo que le era consubstancial
[…]
19
Los
libros de Burroughs, de viajes y de viajeros: juguemos a compararlos con
los de Bolaño. En ambos casos, sus personajes no ocultan su delirio
ni su fiebre: persiguen lo irracional. La asíntota de lo racional,
es decir lo irracional. Delirio, fiebre. Los personajes de Burroughs,
más que sufrir el delirio, lo ejercen. «De vez en cuando
tenía que vérmelas con los terremotos, pero en general andaba
derecho» (William S. Burroughs en La máquina blanda).
Los detectives de Bolaño son, en todos sus libros, ellos mismos
libros de viaje andantes que no exhiben su delirio ni su fiebre, sino
que más bien los padecen. Acaso en Amberes, también,
lo ejercen, o sólo lo hace el autor, presente en el propio texto
con nombre y apellidos, no oculto en la máscara de Belano, como
en el resto de novelas, en las posteriores, en las “decisivas”;
en Amberes, el texto más decididamente cruel, sadiano,
artaudiano, burroughsiano, aunque también en él son los
personajes quienes siguen padeciendo la crueldad, en este caso la crueldad
directa del autor, su rabia, con tal intensidad —¿pureza?—
inédita en el resto de sus libros futuros.
Esos personajes seguirán inmersos
siempre, en sus novelas, en ese territorio pansudamericano flotante, el
que llevan en todo momento de su éxodo adheridos a las suelas de
sus zapatos. En una angustia que es, sin embargo, reverso exacto de una
alegría sin límites, exultante y contagiada al lector —¿la
prosa telepática de Kerouac?— y tanto en el centro y más
allá de ambos polos, por todos lados, una irrazón que mira
otras irrazones del pasado —estelas de una avioneta en el cielo
de Santiago de Chile, una poeta mexicana encerrada en el váter
de la Facultad de Filosofía y Letras de la Ciudad de México,
una tormenta de mierda que se cierne siempre en el horizonte— para
encontrar la fuerza necesaria que permita seguir adelante.
La irrazón, en todo caso, como destino
final, inevitable: punto de partida en Amberes, llegada en el
resto, en los posteriores: círculo inverso que no se cierra, por
tanto, sino que se abre. Porque el camino y la vuelta siempre implican
una enseñanza. «Ahora el tiempo es el borrador de todo
aquello»… «La muchacha ideal me sospechó desde
el primer momento»… «Un invento mío»…
«No había espionaje ni hostias»… «Era tan
claro que lo desecharon»... (39)
20
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Quienes vieron
mi partida
vieron también mi llegada
Sebastián Mondéjar
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Tu verdadera
herencia es lo que amas
Ezra Pound
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La patria
de un escritor es su biblioteca
Rofrigo Fresán
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La vida peligrosa de la que hablaba
Nietzsche derivó en la primera mitad del siglo XX hacia la guerra,
para muchos jóvenes de entonces; en la segunda mitad esa vida
peligrosa derivó hacia la experiencia con las drogas. Autores
como Jünger, presentes en ambos momentos, dan testimonio privilegiado
de ambos polos. El citado Antonin Artaud, adelantado en tantas cosas —¿presciente?—,
también lo será cuando anuncia en una conferencia en el
propio México, a la altura de 1936, que «la cultura de México
vale para hacer salir los sentidos interiores de sus barreras» (40).
Cuando añade acto seguido, tras el punto seguido, un lacónico
«Hace resucitados», aunque él piense en El Libro
de los Muertos tanto egipcio como tibetano, a nosotros nos hace recordar
los misterios de Eleusis a los que quisieron vincular la experiencia psicotrópica,
a la altura de 1978, el descubridor del LSD, Albert Hoffmann, junto a
R. Gordon Wasson y Carl A. P. Ruck, anunciándo como una
solución al enigma de los misterios (el subrayado es mío,
aunque el determinante indefinido es una aportación del traductor
de la obra, Felipe Garrido: el original reza con un no personal pero decidido
gerundio (y por lo tanto en marcha): unveiling (desvelando, revelando)
(41). Principio y final del siglo XX; muerte y resurrección.
En los albores del siglo XXI, muchos jóvenes
buscan su particular vida peligrosa en la conquista y el viaje
de la literatura, situando dicho concepto en el terreno del que nunca
debió salir si entendemos que literatura y filosofía son
hermanas gemelas, viajes paralelos hacia un centro inexistente desde,
a través y hacia las palabras.
¿Qué es poesía? Una
palabra detrás de otra (¿quién lo dijo: Apollinaire,
Mallarmé? Buscar, buscar; anotar a pie de página: abajo,
detrás, después volver).
Si
Kafka fue, acaso, lo más parecido a un profeta que dio la primera
mitad del siglo XX, en la segunda mitad sería Philip K. Dick quien
detentase dicho cargo. Ambos tuvieron que esperar a su muerte para empezar
a ver situada su obra en pleno canon (Dick para que la repercusión
de su obra fuese más y más amplia: su inclusión en
el canon acaso resulte para muchos discutible). Para los albores de este
siglo que entra habremos de esperar, también, para ver quién
desarrolla mejor y de forma más contundente una visión con
palabras del mundo que ya estamos viviendo. Por seguir jugando, ya
que todo este texto no es más que un juego —¿profetas?,
¿alguien puede creer que todo esto va en serio? ¿Alguien
cree en los juegos no serios?—, ¿por qué
no citar a nuestro autor como alguien que ya señala cierto camino?
Jugar, juntar palabras. Literatura y filosofía:
vivir escribiendo. «Quiero vivir, escribir —le dijo»
(42), escribe Fogwill, uno de esos escritores de
una Argentina que produce tantos escritores y, como dijo Bolaño
a Fresán por teléfono, práctica y pasmosamente todos
buenos. Filosofía y literatura: Heidegger, testigo de primera mano
del horror nazi, reescribe a Nietzsche y afirma: «pensar peligrosamente»,
sostener el ser frente al no-ser, abismo al que, en relevo, se han entregado
los escritores de todos los tiempos: trinchera abierta hacia el futuro,
hacia un 2666 que nunca llegará, porque está entre nosotros,
quedándose aquí desde siempre.
David Foster Wallace, recientemente fallecido,
podría ser otra apuesta, en el otro polo de América: no
hay, quizás, otros dos autores que hayan hecho tanta mella, y la
siguen haciendo, en el imaginario literario de toda una generación.
Norte, sur; Roberto Bolaño, David Foster Wallace: ambos autores
jóvenes, ambos fallecidos en el momento álgido de su creatividad.
La obsesión de Fresán, argentino
y wallaciano, norteamericano del estado de Pynchon, por la canción
de los Beatles ‘A day in the life’ (43):
la tentación de registrar ese estruendo final, de llegar al final
del Libro con mayúsculas y la consiguiente revelación apocalíptica:
la tentación de escribir la noche del fin del mundo. «En
la era de la noche del fin del mundo hay que experimentar y soportar el
abismo del mundo. Pero para eso es necesario que algunos alcancen dicho
abismo» (44). ¿Gustaba Bolaño
de Hölderlin, como Heidegger y tantos otros a través sobre
todo, privilegiadamente, de Heidegger? ¿Ha devenido Heidegger,
a estas alturas, en dios del siglo XX, huido como el siglo XX, dios huido?
«Los poetas son aquellos mortales que, cantando a la gravedad
del vino, sienten el rastro de los dioses huidos. […] Ser poeta
en tiempos de penuria significa: cantando prestar atención al rastro
de los dioses huidos» (45).
Volver, volver: afirma Pierre Bordie en
el preámbulo de su Las reglas del arte: «¿Y
qué decir de los “tópicos” trasnochados del
culto escolar del Libro o de las revelaciones heidegger-holderlianas dignas
de engrosar el “florilegio bouvardo-pecuchetiano” (la fórmula
es de Queneau…) (46) […]?».
Y ya que estamos allí seguiremos citando a Bordieu cuando él
cita a Sallenave, para rematar con él su interrogación (la
interrogación abierta por Bordieu, queremos decir): «¿[…]
“leer es en primer lugar desprenderse del propio ser, del mundo
propio”; “ya no se puede seguir en el mundo sin la ayuda de
los libros”; “en la literatura, la esencia se descubre de
golpe, nos viene dada con su verdad, en su verdad, como la verdad misma
del ser que se descubre”?».
«Di, Blaise, ¿seguimos
en Montmartre?». No, Blaise. París no sólo era
una fiesta, sino que además no acaba nunca. Gracias al cielo o
a quien sea. Golpe, ritmo, beat. 1, 2, 3… Siempre así,
no para nunca. Continuará lo quieras o no. Beatles, no
beatless. Endless. Con un despertador para despertar, que suena
en medio.
Debo terminar este texto cuanto antes, no
extenderme más ni seguir citando, tampoco parecer —demasiado
tarde— pedante: quiero ser piel roja y jugar con Foster Wallace
al tenis, quiero ser beat y tomar té con Bolaño
en la costa catalana (¿comer con Javier Cercas en el camping de
Gerona donde trabajó Bolaño?, ¿con Rodrigo Fresán
en el Kentucky Fried Chicken donde él habló de los hopeful
monsters o monstruos esperanzados (47)
con Bolaño? Basta. Debo terminar). Debo terminar; mentiría
si dijese que estoy cansado de remontar el viaje río arriba, para
llegar al origen, pues sólo dejo que las palabras caigan, y vayan
río abajo. Agarro el primer libro que me sale al paso, de entre
los montones del pasillo de casa, y lo abro por el final, porque debo
terminar de una vez. Bruno Schulz. Las páginas que leo salpican
todo este texto, así que vuelvo atrás en él para
añadir dos fragmentos encontrados en su ensayo. Después,
vuelvo aquí y añado un tercer fragmento: «Nos
olvidamos de que, al hacer uso de las palabras corrientes, esos fragmentos
de las antiguas y eternas historias, construimos, como bárbaros,
nuestras casas con fragmentos de esculturas y figuras de los dioses. […]
En el poeta la palabra se vuelca en su sentido esencial, florece y se
desarrolla espontáneamente según sus propias leyes, recupera
su integridad. […] La mitificación del universo no ha concluido».
(48)
Volvamos a México; más ilustres
exiliados en México: «Una cosa lamento: no saber lo que
va a pasar. Abandonar el mundo en pleno movimiento como en medio de un
folletín. Yo creo que esta curiosidad por lo que suceda después
no existía antaño, o existía menos en un mundo que
no cambiaba apenas. Una confesión: pese a mi odio a la información,
me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años,
llegarme a un kiosco y comprar varios periódicos. No pediría
nada más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido,
rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los
desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio
tranquilizador de la tumba». (49)
Volvamos, así, al futuro. Filiación
de la nueva novela del futuro: el aproximadamente 2025 de Foster Wallace
(es decir, el año de la Ropa Interior para Adultos Depend), heredero
como el 2024 de Matt Ruff del histérico pasado y presente de Thomas
Pynchon, su histérico-enciclopédico pasado y presente; histérico,
enciclopédico, superdotado, hiperdrogado. Pynchon como un beat
rezagado alumno de Nabokov, educado formalmente en Nabokov, temáticamente
tanto en las novelas de espías —esos detectives enmascarados,
invisibles— como en los beats, pero anunciando a su vez
la era de la sobreinformación. Espías, detectives cuyas
pistas se les multiplican hasta el infinito como lo hacen, una vez más,
los poros en la piel del esquizofrénico.
El 2666 de Bolaño, Bolaño
como beat en una realidad más terrible, un detective salvaje
alumno de Borges, alumno de Borges como todo escritor presente y futuro
haya leído a Borges o vaya leer a Borges o no. Superdotado o no,
hiperdrogado o no. Histérico, tranquilo.
Con los beats comparte Bolaño
ese objetivo que Longino apuntaba para la retórica: frente a la
persuasión que le adjudicaba Aristóteles, él habla
de éxtasis y elevación. Longino, ese profeta en la era alejandrina
de la sobreinformación antes de Cristo (¿o contemporáneo
de Cristo y por tanto heredero, Longino, de ese alejandrinismo?). Subir
así la colina de espaldas. Los «nobles arrebatos»
de los que hablaba Longino, esa «pasión entusiasta»
que hay que añadir al aprendizaje de los escritores tradicionales,
la ha encontrado, quizás, toda una generación en los escritores
americanos, cada uno en uno de los dos polos verticales: David Foster
Wallace y Roberto Bolaño, los dos desgraciadamente fallecidos antes
de tiempo.
Los
infrarrealistas como los beats pobres —valga la redundancia
para marcar distancias con la imagen pija del beatnik
que suele darse en los medios a partir de la moda instaurada en torno
a dicha figura, reflejo acaso de una media mediocre entre el proletarismo
de un Kerouac y la exquisitez de un Ginsberg o un Burroughs,
y que podríamos aventurar se prefigura en 1945 en el amigo adicto
al zen de Holden Cauldfield en El guardián entre el centeno,
del presciente J. D. Salinger—, los viscerorrealistas o vicerrealistas
como hermanos pequeños en la vanguardia y en la herencia
del sin-sentido de los beats en el cono sur. Un camino de búsqueda
como en los viajes de cualquier héroe literario —¿pero
qué se pierde por el camino, en ese tránsito de la carta
cero o sin numeración del tarot desde el loco antiguo
hasta el loco futuro?—, un viaje hacia la vida,
o sea la semilla, por los senderos de la literatura, mezclando literatura
y vida, entendiendo ambas sólo a través del crisol de la
imaginación, sobre el atanar de la experimentación con uno
mismo. Cobayas de nosotros mismos, somos nuestras propias piedras filosofales.
No, García Madero: los real visceralistas no saben lo que es una
síncopa, ni con precisión lo que es una sextina; tampoco
un saturnio. Nadie, a estas alturas, lo sabe. Biólogos aburridos
etc, bajo la lluvia, acaso nos miran. Sal: dolor. De la tierra. Bajo la
etc.
Sus obras, que son las nuestras, son extrañas
máquinas de guerra diseñadas sólo para combatir a
sus propios tripulantes; hoy ya sin sus capitanes son brulotes rondando
la costa de Amberes (50).
Y entonces yo abrí los ojos con
gran esfuerzo y Lima preguntó si aquellos versos eran de Arquíloco.
Belano dijo simón y Lima dijo qué gran poeta o qué
poeta más chingón. Después Belano se dio la vuelta
y le explicó a Lupe (como si a ella le importase) quién
había sido Arquíloco de Paros, poeta y mercenario, que vivió
en Grecia alrededor del 650 antes de Cristo, y Lupe no dijo nada, lo que
me pareció un comentario muy apropiado. Después me quedé
dormido, la cabeza apoyada en la ventana, y escuché que Belano
y Lima hablaban de un poeta que escapaba del campo de batalla, sin importarle
la vergüenza y el deshonor que tal acto acarreaba, al contrario,
vanagloriándose de él. Y entonces yo empecé a soñar
con un tipo que atravesaba un campo de huesos y el tipo en cuestión
no tenía rostro o al menos yo no podía verle el rostro porque
lo observaba desde lejos. Yo estaba bajo una colina y apenas había
aire en ese valle. El tipo iba desnudo y tenía el pelo largo y
al principio pensé que se trataba de Arquíloco pero en realidad
podía ser cualquiera. Cuando abrí los ojos aún era
de noche cerrada y ya habíamos salido del DF (51).
Acabamos ya este texto, esta libación,
este girar. Más allá del DF, más allá de todos
los desiertos; después de la lluvia y de los ríos, está
siempre el mar.
|
Si hay un dios para el mundo
ese dios es el mar.
¿Qué
nos dice su sal efervescente?
¿Qué les canta al oído a nuestros hijos?
Sebastián Mondéjar
|
21
|
Nuestra herencia
no es nuestra.
Está en nosotros.
No somos herederos.
Somos la herencia misma.
Sebatián Mondéjar
|
Abro al azar Ser y tiempo de Heidegger:
no entiendo nada. Pruebo a abrirlo por el final; para acabar este artículo,
este texto, este paseo-libación, este lo que sea, terminarlo de
una vez: «Se trata de buscar un camino que lleve a
esclarecer la cuestión ontológico-fundamental —y de
recorrerlo. Si es el único, o en general el recto,
es cosa que no puede decidirse sino después del recorrido.
La disputa sobre la exégesis del ser no puede aplacarse—
porque ni siquiera está todavía desatada. Y en último
término no se deja “armar”, sino que ya el desatarla
ha menester de aprestos. Hacia tal meta tan sólo se halla la presente
investigación en camino. ¿Dónde se encuentra
al presente?». (52)
En el camino, sí. Caminando de espaldas.
De vuelta del libro de lógica colgado con pinzas en la cuerda para
tender ropa en medio del desierto, de vuelta del libro de poemas arrojado
al río, río que sigue su curso, aguas abajo. Bajo la lluvia.
Y en guardia contra el mal.
(No jales.
Ahora, vuela.)
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Amamos a Aladin Sensato
(53)
hablando del mañana.
David Bowie
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(1) Juan José Arreola,
“Baltasar Gérard”, en Confabulario definitivo,
Cátedra, Madrid, 1986, p. 117.
(2) Roberto Bolaño, prólogo
a Monsieur Pain, Anagrama, Barcelona, 1999.
(3) Tzvetan Todorov, “El lenguaje
poético. (Los formalistas rusos)”, en Crítica
de la crítica, trad. de José Sánchez Lecuna,
Paidós, Barcelona, 2005, p. 22.
(4) Roberto Bolaño, “En la
sala de lecturas del infierno” en Los perros románticos,
Lumen, Barcelona, 2000.
(5) Roberto Bolaño, op. cit.
(6) Arthur Rimbaud, “Infancia”,
en Iluminaciones, trad. de Miguel Casado; Obra poética
completa, trad. de Eduardo Moga y Miguel Casado, DVD, Barcelona,
2007.
(7) Bruno Schulz, “La mitificación
de la realidad”, en Obra completa, trad. de Juan Carlos
y Elswieta Vidal, Siruela, Madrid, 1998, p. 327.
(8) Roberto Bolaño, Los detectives
salvajes, Anagrama, Barcelona, 1998, p.17.
(9) «Cada vez son las máquinas
las que se asustan, no los hombres. Los hombres sólo se asustan
cuando se les obliga a aparecer como máquinas», Jean
Baudrillard, Cool Memories, trad. de Joaquín Jordá,
Anagrama, Barcelona, 1997, p. 87. Un poco antes (p. 65), afirma: «Lo
que no se obtiene en una sola generación es la soltura y el valor.
Los mutantes son cobardes». Afortunadamente, ya llevamos hoy
día más de una generación conociendo (¿los
conoció Baudrillard?) a los mutantes (algunos de ellos, además,
cyborgs) integrantes de los uncanny X-Men. Magneto no tendrá
razón, ¿verdad?
(10) William Shakespeare, La Tempestad,
en Obras completas, Vol. II, trad. de Luis Astrana Marín,
Aguilar/Santillana, Madrid, 2003, p. 528.
(11) Anne Carson, “Hombres de TV:
Artaud”, en Hombres en sus horas libres, trad. de Jordi
Doce, Pre-Textos, Valencia, 2007, p. 147.
(12) Anne Carson, op. cit., p. 159.
(13) Malcolm Lowry, citado en Roberto Bolaño,
1998, p. 9.
(14) Protagonista de la novela Rayuela
de Julio Cortázar.
(15) Hago una llamada, que resulta perdida,
a un amigo, Diego Sánchez Aguilar, que él remonta a la media
hora para llamarme —jugaba al tenis—. Quería preguntarle
y le pregunto si realmente Oliveira ingresa en el psiquiátrico
como trabajador y no como enfermo; Diego confirma el recuerdo que yo me
negaba a mí mismo: Oliveira es un interno que trabaja para los
realmente internos. Confirmo mi sospecha de que hay ciertos libros
que es mejor, acaso, no releer.
(16) Revista Cartagena histórica
nº3, Áglaya, Cartagena, abril-junio 2003.
(17) Corsario inglés y escritor,
integrante al parecer en su juventud, en torno a 1587 y junto a los dramaturgos
Thomas Kyd y Christopher Marlowe, del círculo de librepensadores
y magos alquimistas autodenominado “The School of Nigth”.
(18) «Por supuesto, nunca llevé
esta novela a ninguna editorial. Me hubieran cerrado la puerta en las
narices y habría perdido una copia. Ni siquiera la pasé,
como se suele decir, a limpio. El manuscrito original tiene más
páginas: el texto tendía a multiplicarse y a reproducirse
como una enfermedad, Mi enfermedad, entonces, era el orgullo, la rabia
y la violencia». Roberto Bolaño, “Anarquía
total: veintidós años después”, en Amberes,
Anagrama, Barcelona, 2002.
(19) Juan José Arreola, op. cit.
(20) Amberes, p. 15.
(21) Tzvetan Todorov, “El retorno
de lo épico (Döblin y Brecht)”, en op.cit., p. 41.
(22) Op. cit. p. 41.
(23) Jean Baudrillard, Cool Memories,
trad. de Joaquín Jordá, Anagrama, Barcelona, 1997, p. 71.
(24) Bruno Schulz, op.cit., pp. 328-329.
(25) Charles Baudelaire, El arte romántico,
citado por Walter Benjamin, “Charles Baudelaire. Un lírico
en la época del altocapitalismo”, en Obras, libro
I vol. 2, trad. de Alfredo Brotons Muñoz, Abada, Madrid, 2008,
p. 131.
(26) Amberes, p. 10.
(27) Roberto Bolaño, “Los mitos
de Cthulhu”, en El gaucho insufrible, Anagrama, Barcelona,
2003, p. 177.
(28) Amberes, p. 17.
(29) Jean Baudrillard, op. cit., p. 22.
(30) Carmen Virginia Carrillo, Figuras
del siglo XX en la literatura venezolana, Universidad de los Andes,
Mérida-Venezuela, 2001, p. 145.
(31) John Ashbery, “El nuevo espíritu”,
en Tres poemas, trad. de Julián Jiménez Heffernan,
DVD, Barcelona, 2004, p. 131.
(32) Op. cit., p. 131.
(33) En la entrada “Walt Whitman”
de Wikipedia.
(34) En torno a la relación memoria-escritura,
Platón, Fedro, Alianza, Madrid, 2005, así como
la ya clásica interpretación del mismo diálogo en
Jacques Derrida, “La farmacia de Platón”, en La
diseminación, Fundamentos, Madrid, 2007, primera versión
en revista Tel Quel núm. 32 y 33, 1968.
(35) Walter Benjamin, op. cit.
(36) W. G. Sebald, Austerlitz,
trad. de Miguel Sáenz, Anagrama, Barcelona, 2002, p. 15.
(37) W. G. Sebald, op. cit., p. 30-31.
(38) Carlos Henderson, “Poemas humanos:
génesis y modo de producción estética en César
Vallejo”, revista Banda Hispânica, jornal de poesia
nº 16 en http://www.jornaldepoesia.jor.br/bh16vallejo.htm.
(39) Amberes, p. 24.
(40) Antonin Artaud, “Surrealismo
y revolución” (26 de febrero de 1936), en Mensajes revolucionarios,
trad. de Cristina Vizcaíno, Fundamentos, Madrid, 2002.
(41) The road to Eleusis. Unveiling
the Secret of the Mysteries, Nueva York, Harcourt Brace Jovanovich
Inc., 1978. Ed. esp.: El camino a Eleusis. Una solución al
enigma de los misterios, Fondo de Cultura Económica, Madrid,
1994.
(42) Fogwill, Help a él,
Periférica, Cáceres, 2007.
(43) Véase, por ejemplo, la entrevista
“Rodrigo Fresán en blanco y negro”, revista Quimera
nº 299, Barcelona, octubre de 2008, aunque dicha obsesión
aparece una y otra vez en sus novelas y relatos.
(44) Martin Heidegger, Caminos de bosque,
Alianza, Madrid, 1998, p. 200.
(45) Martin Heidegger, op. cit., p. 201.
(46) Pierre Bordieu, Las reglas del
arte. Génesis y estructura del campo literario, trad. de Thomas
Kauf, Anagrama, Barcelona, 2005, p. 9.
(47) Rodrigo Fresán, “Apuntes
para un atlas del planeta de los monstruos”, prólogo a Roberto
Bolaño, Tres novelas, Círculo de Lectores, Barcelona,
2003, pp. 10 y s.
(48) Bruno Schulz, op. cit., p. 328.
(49) Luis Buñuel citado por Javier
Rioyo en El País, 27 de julio de 2008.
(50) «[…] fiery keele[s]
at Antwarpes bridge», verso de Christopher Marlowe en Dr.
Faustus, trad. de Roma Gill, Londres, New Mermaids, 2002, p. 841.
(51) Roberto Bolaño, Los detectives
salvajes, Anagrama, Barcelona, 1998, p. 561.
(52) Martin Heidegger, El ser y el tiempo,
trad. de José Gaos, FCE, Madrid, 2001, p. 470.
(53) Aladdin Sane (Aladino el Cuerdo),
en la canción original. Proponemos esta traducción para
conservar el juego de palabras que apunta el nombre del personaje en inglés
(in-sane: loco).
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