¡Estoy listo, estoy listo, estoy listo!
Bob Esponja

Apuntes para una fenomenología espongiforme
(o interpretación mesiánica/antimesiánica del personaje dentro de un panorama aproximado de la televisión de animación)


José Óscar López

 

A Agustín Martínez, psicopompo espongil o, más pomposa(-)mente: espongiforme psicopompo

 

     1. ¿Quién se ha llevado mi queso (y ha puesto esta esponja en su lugar)?

Bob Esponja: «oscura razón común»     Bob Esponja y Patricio se enfrentan con el muro psíquico de energía. Suenan Flaming Lips, pero quien vuelva a tratar de mezclar a Syd Barrett con Walt Disney se las verá con nosotros.
     A nosotros, que nos da igual Umberto Eco y su apología de la narración post-Disney y paramédica —de medio, y no de género: ¿es que no ves el marco, &/%$”?¿!!&!?—, véase su Apocalípticos e integrados a través de su reevaluación de los Peanuts de Charles M. Schulz como lírica —y esto nos encanta— o de Supermán como… Espera: ¿Supermán? ¿SUPERMÁN? Vale, se lo perdonamos, pero no le perdonamos su apocalipticismo con respecto a la desaparición del libro impreso. Porque tus libros, amable lector, duermen su sueño de los justos en tu mesita de noche mientras tú lees esto aquí, en la pantalla-que-colinda-con-el-mundo, y no te has equivocado de lugar: estás donde las cosas están sucediendo. El siglo XXI es el siglo de la imagen, quizás el de una narrativa —por empezar a ceñirnos al tema— de «lo que llama Foucault […] “un lenguaje sin apoyo”, es decir, uno que rehúsa en principio, si no de hecho, articularse en una sintaxis de la razón» (1). Claro que este pánico por el fin de la escritura (¡) y el advenimiento totalitarista (¡!) de la imagen no solo no es nuevo, sino que antecede en décadas al miedo al e-reader feroz. Mientras tanto, de unos años a esta parte se ha vivido un auge de esa novela gráfica que no deja de ser, prácticamente, el cómic de siempre pero que si denominado de esa forma sirve para vender más… de eso, pues bienvenida sea la reformulación. ¿Adónde nos llevará todo esto?, se podría preguntar el nuevo apoca(do)líptico y nosotros, que nacimos en los sesenta y los setenta, podríamos volver una vez más a los sesenta y los setenta para preguntarnos con Derrida: «¿Y si el Libro no fuese más que una época, en todos los sentidos de la palabra, del ser (época que toca a su fin, y que dejaría ver el Ser en los resplandores de su agonía o el relajamiento de su estrechez, y que, como una última enfermedad, como la hipermnesia habladora y tenaz de ciertos moribundos, multiplicaría los libros sobre el libro muerto)? ¿Si la forma del libro no tuviese que ser ya el modelo del sentido?» (2).
     Porque «el error que comete la mayoría de la gente es prestar atención a las cosas equivocadas», afirma un personaje, precisamente en un tebeo, Asterios Polyp de David Mazzucchelli, que asume y resiste perfectamente la denominación de novela gráfica: tiene aires eisnerianos —digamos un Eisner con acabados The New Yorker—, y Will Eisner fue uno de los probables primeros defensores de tal denominación para su trabajo; novela gráfica donde encontramos enunciada —y dibujada— esa necesidad de unir ambas disciplinas: «Mira», dice Ursula Major a Asterios, el protagonista, en un picnic junto a un cráter gigantesco, «los hombres están tan fuera de contacto con lo que está pasando alrededor de ellos que tienen que inventar palabras». La esotérica Ursula acaba citando, sin saberlo, a Wittgenstein cuando remata: «Sencillamente ignora lo que dicen y fíjate en lo que hacen» (3).

 

     2. Taller de esquizoanálisis e hipercomparación. Hoy: Jacques Derrida (o “qué va, qué va, yo leo a Derrida”)

     Gilles Deleuze y Felix Guattari rompen el círculo vicioso del ser y la náusea existencialista mediante el «puestos a ser, ¿por qué no una pantera rosa?». Foucault dijo que el siglo XXI sería deleuziano, ¿cómo no iba a serlo, si los que lo han visto llegar pasaron su infancia viendo a Bugs Bunny y otros clásicos del cartoon, el cartoon loco? Bob Esponja es la continuación natural de ese género, dentro del medio de la animación, del cartoon loco: el devenir loco continúa. El mundo de Bob Esponja, para empezar, es un mundo bajo el agua donde hay agua. «Como siempre, la disensión es interna. El afuera (es) el adentro» (4). Dentro de un mundo de agua hay otro mundo paralelo, donde puede haber agua o no. «El concepto de locura se corresponde con todo lo que puede situarse bajo el titulo de negatividad» (5). Son mundos simétricos, el que hay bajo el agua y sobre tierra. «Que la oposición de la razón y de su otro sea de simetría» (6). Pensamiento y lenguaje: negatividad, volverse loco para no estar loco (7) y, bajo el mar, abrir el agua de la ducha (8).
¡Estoy listo, estoy listo, estoy listo!     «Como se dejaba circular a los locos en la ciudad medieval» (9). Igual que el agitarse de continuo y sin medida de los personajes de Tex Avery: «La revolución contra la razón tiene, pues, siempre la extensión limitada de lo que se llama, precisamente en el lenguaje del ministerio del interior, una agitación» (10). Bugs Bunny y las otras aportaciones de la Warner, privilegiadamente las de Tex Avery, a la animación del siglo XX, son una celebración de la anarquía loca. Los Picapiedra y otros ejemplos de Hannah Barbera se hallan en el otro extremo: el conservadurismo loco o, al menos, el reflejo de esa sociedad conservadora: «¡Vilmaaaaa!», y Vilma acude solícita a atender a su maridito (11) —«Jose Jones […] tiene amigos como Paco Picopiedra», proclamaban esos locos de The Pixies en el disco Soy tu hombre: porque se trata, no lo duden, amigos, de hacer amigos —de ahí el plural mayextático [sic] que empleamos en este trabajo: buscamos que (lo) afirmen con nosotros.
     Dentro de este «intercambio perpetuo» esta «oscura razón común» (12), Bob Esponja es el justo punto medio. «Parapeto (garde-fou(13). «Puestos a ser, ¿por qué no una pantera rosa?», citábamos. Bueno, ahí está el caracol de Bob que, puestos a ser, por qué no un gato: por lo que se ve, es un caracol; pero no por lo que hace: maúlla como un gato, ronronea como un gato, tiene un comedero de gato, salta y juega igual que un gato, se restriega en las piernas de su amo igual que un gato, araña igual que un gato.
     Luego, quod erat demonstrandum, el caracol es un gato.

 

     3. ¡Estoy listo! ¡Estoy listo! ¡Estoy listo!

     «¡Estoy listo! ¡Estoy listo! ¡Estoy listo!», exclama Bob Esponja cada mañana al despertar, conjurando de tal forma todo el optimismo que necesita para comenzar su nuevo día. Y se encamina al Cangre Burger, donde le aguarda su bienamada plancha para hacer cangreburgers, su tiránico jefe y su salario diario de un dólar. Se encamina hacia allí con felicidad, porque ama también su trabajo. Y, en un nuevo mantra optimizador del optimismo, recita y repite alegremente: «¡Un día, un dólar! ¡Un día, un dólar! ¡Un día, un dólar!».
     Los Simpson inauguran los dibujos para toda la familia pero descubriendo el filón de los dibujos para adultos, filón en el que ahondan ejemplos posteriores como Padre de familia, que radicalizan los planteamientos postmodernos de intertextualidad ya existentes en Los Simpson —que están, en menor medida y con menor protagonismo, en otras producciones como Vaca y pollo (14)—: entre ambas series, de cualquier forma, podría ser reconstruido un mapa bastante exacto de la cultura popular entre siècle y de este siglo ya entrado, así como buena parte de la high culture que la cultura popular, esponja omnímoda, absorbe y refleja, muchas veces en reflejo de un espejo justamente deformante. Pues estos planteamientos postmodernos también incluyen, claro, la ironía: una ironía salvaje, ofensiva y nihilista en Padre de familia que, aunque con una grosería elevada varios exponenciales sobre la de Los Simpson, no puede hacernos olvidar la salvaje sátira que de nuestros mecanismos sociales ofrecían y siguen ofreciendo Los Simpson, una sátira acaso más funcional por cuanto el producto de Matt Groening juega con unos modos más mayoritariamente asimilables.
     Bob Esponja Pantalones Cuadrados juega a esa baza de forma aún más radical, conectando con la raíz del cartoon loco, en principio para niños, pero que nos deja a padres, tíos y demás familia sentados junto a nuestros retoños: pegados y perplejos, fascinados, frente al televisor. Se nos podría afear que añadiésemos una conexión con el adjetivo loco y el término dionisíaco, pero es que Bob vive, y así se nos recuerda desde la primera frase de la canción de cabecera, «en una piña debajo del mar» y recordamos, acto seguido, pero casi como un paréntesis que más bien debería ir en nota a pie de página, así que allí seguimos (15).
     No hace mucho se difundía la noticia de que Hugo Chávez condenó a Los Simpson a una franja horaria adulta en Venezuela. La franja en la que, por ejemplo, comenzó a emitirse en España hace casi veinte años. ¿Son un buen ejemplo Los Simpson? «Es un ejemplo a título de muestra, no a título de modelo», dice Derrida, y a la hora de abordar la exclusión de la locura por parte de la razón, tras la Edad Media, el mismo autor habla, a continuación, del «problema de su ejemplaridad. ¿Se trata de un “buen ejemplo”, de un ejemplo revelador privilegiadamente?» (16).
Bob Esponja: cartoon loco     Recordamos que el cómic, como lo será en breve su hermana la animación en las salas cinematográficas, es introducido en los periódicos de forma masiva —en la era en que los magnates William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer se disputaban autores, tanto periodistas como dibujantes, para sus emporios de papel— pensando en dos targets: la infancia y, algo que a veces se olvida, los inmigrantes. Tampoco hay que olvidar el temprano vínculo que ciertos autores de estos tebeos de las primeras décadas del siglo XX mantenían con las vanguardias que despertaban y se desarrollaban en Europa: el ejemplo sobresaliente es George Herriman, cuyo Krazy Kat comienza a publicarse en 1913, y cuenta con un importante precedente de 1906 en Lyonel Feininger, que en su faceta pictórica se acercó a los planteamientos expresionistas y fue también profesor de la Bauhaus; precisamente en un artículo sobre Feininger, y analizando las quejas que hacia los comics en general formulaban «líderes religiosos, reformadores sociales y educadores», Brian Walker afirma que «los niños amaban los comics por la misma razón por la que los adultos sofisticados los detestaban: porque los comics celebraban la anarquía, la rebelión y el triunfo de los desvalidos» (17).
     Después podríamos añadir unos apuntes intempestivos para un debate (que no nos importa, a estas alturas) sobre si la animación-tebeo puede ser para adultos o debe quedar restringido para los niños: Yoshihiro Tatsumi fue, en la industria del manga, pionero a la hora de producir obras pensando en el público adulto. Todos los problemas que tuvo para ello los ha narrado en Una vida errante, apuntes autobiográficos en forma, claro, de manga. Sr. Ausente, autor de uno de los blogs más completos sobre, en sus propias palabras, “Subcultura pOp de derribo, a colores y en espectacular formato tohoscope”, citadel Libro Blanco sobre la situación del manga, publicado por el Sindicato del Libro de Yamanashi en 1959: «Las páginas en las que el texto ocupe menos de una tercera parte también deberán ser consideradas como lectura perniciosa»; y aclara a continuación que «la cita está sacada del segundo volumen de Una vida errante de Yoshihiro Tatsumi, autobiografía de sus primeros años como autor de cómic e impulsor del gekiga (manga adulto). En el momento en el que el manga se alejaba de la historieta infantil, fue perseguido y criticado; afortunadamente no al mismo nivel que en EEUU. Llama mi atención de la frase destacada que no son solo las historias que se narran lo que resulta pernicioso, sino el medio en sí, su gramática: a menor apoyo en texto y mayor narrativa gráfica, el cómic resulta una lectura peligrosa. Puede parecer una enajenación, pero leído al revés resulta bello» (18).
     Bob Esponja devuelve la animación y su hermosa anarquía, su triunfo de los desvalidos, a quienes les pertenecieron siempre por derecho: a los niños y a todos aquellos que no sienten una nostalgia por aquellos delirantes años 60 y 70 y no sienten, por ejemplo, la necesidad de leer a Derrida o la compulsión de enhebrar once citas suyas —¿necesidad de amortizar (¡un día, un dólar!, ¡un día, un dólar!) su libro de Derrida?— con sus once notas bibliográficas correspondientes.
     Pero a esos últimos también. Todos, en definitiva, inmigrantes perpetuos en ese país que pertenece a los niños de todo el planeta, y que se llama futuro.

 

     4. ¡No pongas tus sucias manos sobre mi estuche de dvd´s de Bob Esponja!

 

—Otro día, otro céntimo, ¡bwah-ha-ha-ha-ha-ha-ha! Otro día, otro céntimo, ¡bwah-ha-ha-ha-ha-ha!
—Acaba ya, torturador de la risa.
     […]
—Debo intentar dejar de reír para salvar la caja de la risa de la destrucción total.

     (De un episodio de Bob Esponja)

    

Bob Esponja: hermosa anarquía     En un artículo publicado en la revista Triunfo en 1980 (“¡No pongas tus sucias manos sobre Mozart!”, premio César González Ruano al mejor artículo periodístico, después recogido en un libro de título homónimo), Manuel Vicent parodiaba la figura del progresista maduro que soportaba, con un estoicismo progresivamente agrietado, cómo su melenudo hijo se encerraba con sus melenudos amigos en su habitación para fumar porros y escuchar discos de Led Zeppelin a un volumen alto en exceso, a juicio del padre, para esas guitarras y esas voces chillonas.
     Pero todo ese estoicismo y sus buenas formas se hacen añicos definitivamente cuando el padre comprueba que el hijo ha salido un instante de la habitación para hacerse con sus discos de Mozart. Ahí termina la paciencia y el buen rollismo del (buen) padre, que por primera vez pone entre paréntesis su bondad y buenas formas para gritar, furibundo, al hijo:
     —¡No pongas tus sucias manos sobre Mozart!
     Han transcurrido tres décadas desde aquel texto de Vicent. Finalmente, los melenudos porretas han heredado de sus padres los discos de Mozart y, quizás con (menos) suerte, también los libros de Derrida. Arrastrados por la canalla post-estructuralista y sus promesas pan-semióticas, puede que tengan la tentación de analizar los dibujos animados de sus hijos. Y, así, serán esta vez sus (buenos) hijos y no sus (buenos) padres quienes pierdan la paciencia y les griten:
     —¡No pongas tus sucias manos sobre mi estuche de dvd´s de Bob Esponja!
     A ver qué les dirán a nuestros hijos sus hijos, sus futuros herederos. Esos hijos nuestros, en todo caso, quizá ya no escuchen a Led Zeppelin, quizás sólo a ratos vuelvan, en todo caso, a The Idiot de Iggy Pop: porque su raro sonido —esos raros oficiales de David Bowie y Brian Eno y todos esos raros grupos de krautrock berlineses, por allí cerca, rondando la producción de ese sonido— parece redimir aún —lo raro prestigia, en ocasiones— a ese disco, de cara a la aprobación del (mítico) padre:

 

¡Fun! We want some, we want some.
All aboard for fun-time.

 

     En un episodio de Bob, ‘Bob go west’, o sea que hace el oeste, y se hace amigo del tonto del pueblo (del oeste). El tonto es Patricio, claro. Y cantan juntos: «Somos amigos idiotaaaas. ¿Qué tenemos tú y yo en común? ¡Que somos idiotaaaas!».
     Y más: «¿Quién va a ayudarte a salvar la ciudaaaad? ¡Tu amigo idiotaaaa!».
     «Somos aquello que está sucediendo […] Y atravesamos caminando la ciudad!», cantaba Iggy Pop en ese disco, acompañado por David Bowie, en la canción ‘Nightclubbing’. Pero Patricio y Bob, como los personajes clásicos del cartoon loco, no necesitan esperar a la noche, son rabiosamente diurnos y suceden, por fortuna para todos, para toda la familia, a la luz del día. La risa de Bob es heredera del salvaje optimismo del cartoon clásico y de parte de la contracultura de los 60 y 70 (19); del martillo de Nietzsche (que ausculta y diagnostica cual martillo de médico, según quería de ese martillo Derrida) aporreando las mezquindades de todos los Calamardos del mundo, así como las ansias de privacidad de esos Calamardos: porque, en la hipermodernidad, aquello que sucede y que sucede ahora —y que, chico, no te quepa duda: para bien o para mal, somos tú y todos nosotros— está ahí, a la vista, y no te servirá de nada esconderte en casa, como Calamardo. Si no sales a jugar con nosotros, iremos a buscarte.
     Escribe Descartes: «¿Cómo negar que estas manos y este cuerpo sean míos, a no ser quizás que me compare a esos insensatos, cuyo cerebro está tan enturbiado y ofuscado por los negros vapores de la bilis, que afirman de continuo ser reyes, siendo muy pobres, estar vestidos de oro y púrpura, estando en realidad desnudos, o se imaginan que son cántaros o que tienen el cuerpo de vidrio?» (20). Sólo un niño se atreve a alzar el dedo entre la muchedumbre para denunciar en voz alta lo que se esconde bajo el traje nuevo del emperador, esto es, que el rey está desnudo. Bob Esponja es ese flamante y nuevo niño, Porque queremos entender lo que se nos avecinaabsurdamente feliz al frente de su cocina en la hamburguesería del Cangre Burger o jugando a naderías con su mejor amigo, la tontita estrella de mar.
     No sabemos cuánto se va a prolongar la postmodernidad y su sempiterna ironía, pero si jugamos a invocar a la ironía, para preguntarle, y decimos algo así como: «ironía, dinos cómo sobrevivir a nuestra ironía», quizás ésta nos respondiese:
     —Pues viendo Bob Esponja.
     Porque queremos entender lo que se nos avecina o porque, sencillamente, aún queda esperanza en un mundo en el que los niños adoran a Bob Esponja.

 

 

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     (1) Jacques Derrida, “Cogito e historia de la locura”, en La escritura y la diferencia, trad. de Patricio Peñalver, Anthropos, Barcelona, 1989, p. 55.
     (2) Jacques Derrida, “Edmond Jabès y la cuestión del libro”, en La escritura y la diferencia, op. cit., p. 104. Mas adelante, Derrida vuelve a preguntarse para resumir: “¿No es acaso escribir, una vez más, confundir la ontología y la gramática?” (p. 106).
     (3) David Mazuchelli, Asterios Polyp, Pantheon Books, New York, 2009, p. 186.
     (4) “Cógito e historia de la locura”, op. cit., p. 57.
     (5) Ibid, p. 61,
     (6) Ibid, p. 60.
     (7) Ibid, pp. 50-51.
     (8) Aunque también cabe instalar tu casa en una pecera de aire, si eres una ardilla originaria de Texas llamada Arenita y te mudas al mundo de Bob: saldrás a jugar con él con escafandra.
     (9) Ibid., p. 57.
     (10) Ibid., p. 54.
     (11) Habrá que esperar a los últimos años de Hannah Barbera para encontrar excepciones como Vaca y pollo.
     (12) Ibid, p. 63. Que les pregunten a los personajes de Padre de familia, sobre oscuras razones comunes [risas enlatadas].
     (13) Ibid., p. 57.
     (14) Copio/pego de Wikipedia —entrada correspondiente a “Cow & Chicken”: «En un capítulo, Oveja Negra (primo de Vaca y Pollo) regaña a un chico en la calle por hacer maldades, y el chico pone el pretexto de que es por culpa de Dragon Ball y Caballeros del Zodíaco».
     (15) que a Dionisos se le representó muchas veces con una piña coronando su tirso.
     (16) “Cógito e historia de la locura”, op. cit, p. 62.
     (17) Brian Walker, “Lightning at the Crossroads”, en Masters of American Comics, ed. de John Carlin, Paul Karasik y Brian Walker, Hammer Museum and The Museum of Contemporary Art, Los Angeles, in association with Yale University Press, New Haven and London, 2005, p. 189.
     (18) “Lecturas perniciosas”, entrada del 4 de enero de 2010 en El blog ausente. Enlace: http://absencito.blogspot.com/2010/01/lecturas-perniciosas.html
     (19) Ambos medios/géneros confluyen a veces: véase, por ejemplo, el trabajo “Se busca: Speedy González. Preferiblemente muerto”, del citado Sr. Ausente. Enlace: http://absencito.blogspot.com/2010/09/se-busca-speedy-gonzalez.html
     (20) “Cogito e historia de la locura”, op. cit., p. 66.