JAVIER MORENO
José Óscar López
—JAVIER MORENO: Si me preguntas como lector, te diré que lo que busco es aprender algo (de las ciencias siempre conservo la pasión por el conocimiento), algo que se puede referir al futuro, al presente, al pasado; algo que —descubro— tenía en la punta de la lengua, y que necesitaba ser dicho. —ECP: ¿Qué pretende contarle ese matemático a un lector que presumiblemente esté leyendo esta entrevista y a quien esperemos despierten su curiosidad detalles tan curiosos como los que aquí, esperemos, comentaremos? —JM: El lector de mis novelas debería ser alguien curioso, dispuesto a dejarse llevar y a ser “molestado” por la propia narración. Cortázar decía que el personaje que más le interesaba siempre era el lector. Y yo estoy de acuerdo. Busco lectores activos, que pongan de su parte, que —de vez en cuando— levanten la vista de la página para desear invitarme a un café o soltarme una bofetada. Fundamentalmente, Click va de ellos mismos, de los lectores (el personaje se llama Quisque, algo que no resulta en modo alguno anecdótico), y a lo que aspiro es a una proyección —si quiera parcial— a lo largo de sus páginas.
—JM: Sí. Busca salvarse a sí mismo, a través de la narración. Una de las posibles lecturas de la novela consiste en interpretarla como un “efecto túnel”, una de esas experiencias post mortem. Imagino a Quisque narrándole su historia a ese portero proverbial del Paraíso que es San Pedro. Sólo si su historia es buena (da igual que sea verdadera) logrará acceder a dicho Paraíso. Podemos decir que Click admite, entonces, una lectura escatológica (bastante irónica, of course). —ECP: En la película I Walk the Line sobre la vida de Johnny Cash, en un viaje en un coche repleto de estrellas del rock, Jerry Lee Lewis asegura que todos acabarán en el infierno por tocar lo que tocan; June Carter pregunta si las mujeres también y Jerry Lee responde que no, que ellas se salvarán por su belleza. ¿Qué cree que decidiría ese San Pedro-Cancerbero con respecto a las amantes-musas de tu novela? Porque a ratos también son malas, ¿no? —JM: Vaya, pues no lo había pensado. Yo creo que Quisque desearía que fueran con él allá donde estuviera, en el cielo o en el infierno. —ECP: A pesar de haber estudiado Ciencias Exactas, te tomas con bastante humor las matemáticas o la física. Pudiera parecer que es una venganza contra una final falta de exactitud de dichas ciencias, pero vamos, esto lo digo como lego en la materia. ¿Es el humor una forma de hacer estas ciencias aún más exactas? —JM:
La expresión “ciencias exactas” me ha parecido siempre
un oxímoron, algo absurdo, como “poesía pura”
o “libre mercado”. Expresiones, como tú dices, para
partirse de risa. No aguantan un análisis detenido (algo muy científico,
por otra parte). Digamos que la ciencia es un método efectivo,
que produce resultados, y eso es precisamente lo que me interesa de ella.
No tanto hacer de la ciencia una especie de fe, sustitutivo de alguna
carencia religiosa o mitológica. Hay gente en el CERN buscando
el bosón de Higgs como si se tratase de una criatura divina. Allá
ellos. —JM: Como suele decirse, me alegro de que me hagas esa pregunta. Porque creo que ahí radica una de las claves importantes de la novela. En ella aparecen nueve mujeres, trasunto de las musas clásicas. Estas mujeres, a pesar de ser de carne y hueso, funcionan a la manera de los símbolos que servían a los pensadores renacentistas (Giordano Bruno, entre ellos) para crear su “teatro de la memoria”, es decir, un sistema simbólico y relacional a través del cual conservar el conocimiento y la memoria personal. Ya digo que Mymmi, Sónica, Inga y las demás cumplen esa función. Sólo que el método que usa Quisque está gobernado por el sistema aleatorio que consiste en apuntarse con un revólver cargado con una sola bala y apretar el gatillo. En lenguaje matemático podría describirse como una función de onda con nueve valores propios equiprobables. Algo, como bien puedes imaginar, maravilloso. —ECP: Incorporas a la novela cartas, cortometrajes, conversaciones de chat… Ante tanta forma de comunicarse, Serezádez parece un convidado de piedra con su mutismo o su sarcástica forma de comunicarse.
—ECP: Siguiendo con esta idea, y además del nuevo ejemplo de recurso a las matemáticas que acabas de aportar, incorporas a Click una carta astral, la guerra de Troya en clave de sátira y denuncia, a los grandes autores de la literatura universal protagonizando una película porno… ¿Sigue cabiendo todo en el género de la novela? —JM: Espero que sí. Me considero un escritor bastante impuro. No me gusta hablar de referencias ni influencias, porque cuando uno escribe no sabe de qué hilo acabará tirando, pero puedo decir que siempre intento introducir el mayor número de lenguajes dentro de mis novelas, y ponerlos a discutir (dialogismo, diría Bajtin). —ECP: Hemos hablado de cartas astrales y hace un tiempo me pasaste un poemario que le dedicaste a los signos del horóscopo… ¿Qué tiene el futuro que nos gusta tanto? —JM: El futuro es como el pasado, pero con una ventaja: está más nuevo. Todavía recuerdo tu tirada del tarot en la Nochevieja del 2007. Salieron cartas estupendas en relación a mi futuro (supongo que acertaste). La carta astral de Quisque es un elemento más de la novela. Si alguien lleva mucha prisa puede leer esas páginas y hacerse una idea del personaje. Es lo bueno de creer en la influencia de los planetas. —ECP: Es curioso el impulso de conocer un futuro que, entre sus principales atractivos, cuenta con el de ser desconocido. ¿No sería un impulso similar al de pasar de limitarse a leer novelas a escribirlas uno mismo? —JM: Hay semejanza, desde luego. En una tirada de cartas de tarot uno trabaja con símbolos e imágenes y, a partir de ellas, compone un relato (más o menos coherente). En el fondo la literatura funciona de manera parecida, pues a la hora de escribir el poeta o novelista parte también de indicios: palabras, imágenes, ideas... Y al final la pretensión es la misma, que el lector o el que hace la consulta se lo crea. —ECP: Como pasar a controlar el futuro de uno mismo, de alguna forma, uno mismo. —JM: Pues sí, hay control y, por tanto, seguridad… Pero sigue habiendo azar. Nunca se sabe a ciencia cierta [Javier me permitirá que le subraye esta expresión] cuál será la próxima palabra. —ECP: En tu libro de poemas Cortes publicitarios, la reflexión y la creación sobre temas tanto actuales como universales tienen en la ciencia un importante punto de partida, apoyo y llegada; conviertes la ciencia en algo accesible y sobre todo cargado de poesía: resuelves el misterio de la ciencia para podarla y dejar en ella solo la poesía. —JM: La ciencia tiene su parte de poesía, y a la inversa. El punto de intersección es la búsqueda de conocimiento, comenzando por el “gnosei seauton” de los griegos. —ECP:
Y en ese “conocerse a sí mismo”, permíteme un
nuevo asalto a Bajtin, pareciera que te sirves no ya de un dialogismo,
sino de un polilogismo: como si dispusieses de un maletín de muñecos
de ventrílocuo, por seguir también con la imagen que mencionabas
antes. ¿Qué queda de nosotros cuando comprendemos que todos
los demás hablan a través de nosotros y también —JM: Mi idea de la novela tiene que ver con la multiplicidad de voces, aunque haya predominancia de una de ellas, como es el caso de Click. De ahí mi interés por el teatro. El autor desaparece cuando da voz a los personajes, se convierte en el ventrílocuo del que hablas. Los personajes no son sino máscaras virtuales que permiten representar diversos papeles. De ahí la componente carnavalesca de la novela, una visión de la literatura estudiada a fondo, como bien señalas, por Bajtin. —ECP: Aunque en tu poesía también hay humor, como en Click o La Hermogeníada, parece que en tu forma de novelar buscas el otro lado de la creación literaria. ¿Poesía y novela como formas opuestas y a la vez complementarias? —JM: Algo así. A veces la idea de un poema desemboca en un relato. Una novela puede ser lírica (Click, de alguna manera, lo es), pero, al fin y a la postre, son géneros distintos. Cada cual me exige algo diferente. Uno no se habla a sí mismo siempre de la misma forma (yo no lo hago, al menos). La escritura refleja esta pluralidad de voces inconmensurables (y la diversidad de géneros literarios no sería más que un síntoma de cuanto digo). —ECP: Es curiosa y sui generis, propiamente descacharrante, la manera en que el protagonista, como profesión, ejerce la divulgación científica. Han pasado varios siglos desde que el hombre empezase a mitificar a la ciencia, ese instrumento que iba a acabar con los misterios. Acaso como venganza, finalmente la ciencia deja de ser un misterio. Finalmente, el misterio nos sigue mirando, quizás cada vez más siniestro. Serezádez no soporta que la belleza deje de mirarle, que no permita que él la admire, y se suicida. ¿Tendría tan funestas consecuencias para todos nosotros que el misterio dejara de mirarnos? —JM: ¿Se suicida? Vaya, acabas de descubrirme el final de la novela. No, en serio. Hay una frase maravillosa de Nietzsche que dice algo así como que si uno mira fijamente al abismo, el abismo acaba mirándolo a él. Quizás por eso los seres humanos no podemos soportar demasiado tiempo su visión y terminamos girando la cabeza. Quisque no es así. No deja de abismarse en su contemplación. Descubre que el rostro de la Medusa es enormemente bello, pero que acabará convirtiéndolo en piedra, al fin y al cabo. —ECP: Me convertiré en piedra por revelar el final, no revelaré el principio para no convertirme en sal: afortunadamente, nuestros lectores sospecharán que solo jugamos a despistarles. —JM: ¿Principio? Vaya, yo pensaba que esta novela no tenía principio. —ECP: Pues rebobinemos aún más en nuestro revelado: vivimos una época en la que, formulados todos los mitos y contadas todas las historias, alumbrados todos los rincones, pareciera que ya no quedan misterios ¿No es así el misterio aún más intenso e inaccesible, y por lo tanto un misterio más puro? —JM: El misterio, los mitos y las historias no se crean ni se destruyen, únicamente se transforman. Ése es el auténtico misterio, que exista algo así como un principio de conservación del enigma. —ECP: Quizás nuestros lectores se llevan la falsa impresión de que la novela es trágica, cuando es ante todo cómica, disparatada e inventivamente cómica. No sé por qué, pero pienso en el adjetivo “tragicómica” y no acabo de sentir que le encaje a la novela. Es extraño, pienso en ello y… Quizás no sea una falsa impresión, sentir que es trágica. Estoy hecho un lío, ayúdame. Es cómica, sí. Pero, ¿es trágica? —JM: Es cómica y trágica, sin ser tragicómica. Asociamos lo tragicómico con una especie de síntesis de ambos términos. Y en Click no hay síntesis. Click está llena de opuestos que no llegan a sintetizarse. Y por eso, definitivamente, es trágica.
—JM: Cuando escribo dejo de ser estrictamente contemporáneo, me convierto en lenguaje, y el lenguaje pertenece fundamentalmente a los muertos. La escritura tiene algo de mediúmnico. Se trata de dejarse poseer por voces, la mayoría de las veces extintas, malinterpretándolas, al mismo tiempo. Y la malinterpretación proviene del hecho de que uno no habla en el tiempo de esos autores, sino desde el presente. Es algo así como el juego del teléfono roto. —ECP: Henry Miller, en contra del sentir popular —un sentir que, en este y en algunos otros casos, inexplicablemente, ha pasado a convertirse en sinónimo de “romanticismo”—, escribía que el artista es aquel que aporta a los demás desilusión… —JM: Perfectamente de acuerdo. Muy buena frase, no la conocía. —ECP: Yo tampoco, acabo de estar en el [nombre de unos grandes almacenes], mientras preparabas tus maletas [nuestro autor se marcha unos días a París y atiende con demasiada paciencia, vía messenger, la premura/consecuencia-de-dejar-todo-para-última-hora de este entrevistador] y la he encontrado de buenas a primeras. —JM: ¿Qué libro te has pillado? —ECP: Era una recopilación de entrevistas a Dylan, pero no me lo he llevado, sólo he estado picoteando en él. Justo al abrirlo me encuentro con esa perla. El azar me da ilusión de poder, ¿te imaginas escribir una Historia de la Literatura Universal A Través, Exclusivamente, de los Libros que No He Leído? [emoticono de perro Teniente Risitas, riendo] —JM: [emoticono de perro Teniente Risitas, riendo] Podría estar bien. Ánimo, iré al [nombre de los grandes almacenes citados] a inyectarte moral y café en vena. —ECP: Relacióname esa frase con tu novela. —JM: ¿Ya no te molestas ni en dar forma tú mismo a las preguntas? [emoticono de perro Teniente Risitas, riendo] —ECP: Creo que tus libros me han generado demasiada desilusión, te voy a demandar por ello. —JM: Venga ya, ¿no te ilusiona desilusionarte? —ECP: Vale, volvamos al tajo o a) se escapará tu avión; b) Juan de Dios me cortará las $%&?[/$ si no llegamos a tiempo con esta entrevista. Se me ocurre que Quisque Serezádez se suicida como forma de consumar él mismo lo que los otros, esa lista de mujeres que deambula por su vida y tu novela, no han querido: hacerse cargo de su desvalimiento. —JM: Esa es una de las cosas a las que tiene que responder el lector. Una novela siempre debe dejar espacios para que el lector haga su interpretación. Más que desvalido, yo diría que Quisque es un ser extremadamente vulnerable. —ECP: No parece tomarse demasiado en serio la realidad y, sin embargo, la realidad le duele. ¿O es la realidad la que no le toma en serio, porque es un sentimental? —JM: La realidad, cuando se mira detenidamente, haciendo el zoom adecuado, casi siempre acaba doliendo. Esto me recuerda la escena de Terciopelo azul, de David Lynch, cuando la cámara enfoca una porción de césped maravillosamente cortado y cuidado. La cámara se acerca cada vez más, descubriendo, bajo la capa maquillada del ideal, un turbión de insectos y putrefacción repelente.
—JM:
Quisque es fundamentalmente un esteta, pero para que haya estética
debe haber primero sensación y sentimiento. Una definición
que no me parecería del todo desviada de Quisque sería la
de un científico de las pasiones. Vaya, de hecho creo que es una
definición estupenda. |