Chicho Sánchez Ferlosio
El cantar tiene sentido
Sergio B. Landrove
Para A., que canta conmigo.
Ay,
si es que yo miento
que el cantar que yo canto
lo borre el viento.
Ay, qué desencanto
si me borrara el viento
lo que yo canto.
Gallo rojo,
gallo negro
Chicho Sánchez Ferlosio
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«Oye,
Javier, no hagas discos, a mí me parece que no hay que grabar»,
recomendaba José Antonio (Chicho) Sánchez Ferlosio a un
principiante Javier Krahe (1). Por aquel entonces
Chicho ya había editado dos discos: Spanska motständs
sånger [Canciones de la resistencia española]
publicado en Suecia anónimamente: —«Se silencia el
nombre de su autor por razones de seguridad», se lee en la carátula—
y A contratiempo (2), ya en España
y firmado, en 1978. La música era parte fundamental de su vida
pero había llegado a la conclusión de que no era necesario
grabar. Vivía la música —lo sabemos gracias a algunos
de sus amigos que sintieron la necesidad de contárnoslo—
como un acompañamiento imprescindible de cada día, tal y
como la han vivido tantas personas (casi todas) hasta la invasión
de la tachunda de la radio, la televisión y toda la industria “musical”
que hoy las sostiene. Chicho cantaba como cantaron nuestros abuelos: mientras
hacían las tareas de la casa y el campo, en el bar y en las fiestas.
Y cantaba las mismas canciones que ellos y, como ellos, se inventaba unas,
modificaba otras, musicaba coplas y aprendía las típicas
de aquellos lugares a los que iba porque cuando cantas, la gente te responde
cantando. Y las dos concepciones musicales (la pop y la popular)
probablemente sean incompatibles: nunca, o muy pocas veces, se oirán
en los medios canciones como las que Chicho interpretaba, porque en ellos
no hay lugar para algo que no se puede comprar ni vender, para algo que
es de todos siendo muy personal. Sobre esta incompatibilidad escribió
un texto Agustín García Calvo para el programa de mano de
unos recitales que dio en 1982 junto a Amancio Prada y Chicho:
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«Es
una empresa un tanto desesperada esta de ponerse a cantar y declamar
poesía en un teatro. Porque es que los campos están
bien delimitados: por un lado canción, más o menos
roquera o cupletera, cada vez más pobres, desgraciadas y
repetitivas letras, y también las melodías [...];
y por otro lado la poesía de los poetas, literaria, muda,
condenada al libro [...] Es esa separación lo que se ataca
con intentos como este [...]». (3) |
Las
canciones de Chicho no podían difundirse a través de los
medios mercantilizados y buscaron su cauce que fue el propio de la música
popular: la transmisión de intérprete a oyente en una cadena
continua e ininterrumpida en la que fueron, muchas veces, perdiendo al
autor. Dice Amancio Prada:
«Algunas
de sus canciones se hicieron muy populares en los años setenta
y la gente las cantaba pensando que eran “anónimas”,
ese estado de gracia de una fama superior». (4) |
Quizá
en esa voluntad por desentenderse de su yo (o por entender el yo que por
ser él mismo, somos todos) está el mayor logro de Sánchez
Ferlosio, el que le convirtió en intérprete de canción
popular. Y en este punto parece necesario volver a apoyarnos en Agustín
García Calvo, uno de los personajes principales de esta historia:
«Es
maravilla lo mal que se ha venido entendiendo esto de la poesía
popular (oral, tradicional) y sus relaciones con la culta o literaria.
Mal se entendía en el siglo
pasado [...] Pero mucho peor todavía ha venido a entenderse
la cosa después de los románticos y entre nosotros
los vivientes: porque a tal punto el ideal imperante ha impuesto
la fe de que no hay («existe») más que indivíduos
personales y los conjuntos de tales indivíduos [...] que
se quedan ya dichos indivíduos incapaces de entender para
nada qué puede ser eso de la producción anónima
y popular de canciones [...]
No quieren entender que esa antítesis
o binomio “indivíduo/sociedad” es imperfecta
y coja, que es por tanto una antítesis mal formada y falsa,
y que es justamente en la imperfección y falsedad de ese
binomio donde podrían encontrar algo que les ayudara a entender
lo que es eso del pueblo [...] y de dónde mana esa poesía
anónima y popular que, ellos mismos, de vez en cuando, no
pueden menos de distinguir de la otra por un tañido diferente
y de, a veces, dejarse cautivar por ella. [...]
Con esto puede que se entienda algo
mejor [...] el misterio [...] de la poesía sin poeta, la
popular.
No se produce, no, por un coro de
voces milagrosamente conjuntadas, aunque la práctica del
canto a coro puede en ciertos casos servir para la interminable
labor de corregir (letra y música) [...]; se produce, también
ahí, por las voces y las ocurrencias de algunos hombres y
mujeres, también personales, como todo quisque, y como todos,
mal constituidos y contradictorios consigo mismos, y por las sucesivas
voces y contraocurrencias que vayan en la tradición y repetición
interviniendo». (5) |
Chicho
fue uno de esos hombres que usó de su voz, sus ocurrencias y genialidades
tanto para continuar y corregir lo que llegó a sus manos como para
iniciar nuevos caminos que otros han de seguir y desbrozar.
A través de su hermano Rafael (que
lo había escuchado en casa de Luis Rosales de labios de Eulalia
Galvarriato, esposa de Dámaso Alonso) recibió un romance
del XVII que transformó en la preciosa canción ‘Ladinadaina’.
Compuso un magnífico blues con el inicio del Canto III de la Comedia
del Dante y un rock con el texto de una inscripción romana de una
canción que los miembros de la cofradía de los Arvales parece
ser que entonaban antes de salir a la batalla allá por el VIII
a.C. Se apropió de canciones populares venezolanas, italianas y
francesas. Musicó el Romance del prisionero y lo amplió
con unos versos que parecen haber formado parte del desde el principio:
«Cárcel llevo por fuera,
cárcel por dentro,
voy vagando y vagando
puerta no encuentro.
Tener no me importara
cárcel por fuera
si de la de aquí adentro
salir pudiera.
Veo el campo a lo lejos
por la ventana,
tristeza y esperanza,
noche y mañana
allí crece la yerba
de primavera
esperanza y tristeza
luz y quimera». |
Para
los nuevos caminos se cogió de la mano de los que le rodeaban y
puso música a versos de Martín Gaite (‘Ni aguantar
ni escapar’) y, sobre todo, de Agustín García Calvo;
he escuchado pocas canciones tan emocionantes y sugerentes como las que
Chicho compuso sobre las palabras y ritmos del zamorano. Elegir alguna
parece un despropósito, pero sobre el conjunto destacan ‘A
contratiempo’, ‘Tú, cuya mano’ y ‘El mundo
que yo no viva’.
Con muchas de estas canciones, tan propias
de Chicho como aquellas otras de las que escribió música
y letra, Amancio Prada grabó un excelente retrato musical tras
la muerte de Sánchez Ferlosio: Hasta otro día, Chicho
(Camaina, 2004). Paradójicamente la grabación permite acercarnos
a lo popular, nos acerca a lo que quiso mantenerse alejado de ella. Aunque
más que una traición parece un modo de usar los tan corrompidos
medios de difusión para lo que nacieron: hacernos llegar lo que
estaba fuera de nuestro alcance sin otra finalidad. Prada no ha sido el
único de sus próximos que ha sentido la necesidad de contar
que Chicho estaba ahí poniendo en duda muchas de las cosas que
damos por sabidas, viviendo de otra manera, y así Fernando Trueba,
en 1982, rodó un documental, Mientras el cuerpo aguante,
que nos muestra un momento de la vida de Ferlosio y su compañera,
Rosa Jiménez, sus ideas y sus canciones. También colabora
Chicho en Vida y muertes de Buenaventura Durruti, anarquista
de Jean-Louis Comolli, entre escena y escena de la vida de Durruti, interpretadas
por los miembros de Els Joglars, aparece como un juglar de principios
del XX que glosa las hazañas y desventuras del revolucionario español
para el que compuso el Romancero de Durruti. Hace el papel de alguien
que pudo existir, pero que sólo podía haber sido él;
de ahí que en no pocas antologías se hayan incluido algunos
de esos romances como «canciones de la guerra civil» y es
que, como cantó el propio Ferlosio en sus Coplas retrógradas:
«Dicen que son mis coplas
del diecinueve
porque digo que es blanca
la blanca nieve;
yo no me enfado,
que mi siglo parece
que no ha empezado». |
Y
sobre esta base se alzan o, más bien, mezcladas con todas estas
influencias están sus (¿son verdaderamente más suyas?)
canciones: ‘Hoy no me levanto yo’, ‘El ser’, ‘Por
el camino viene’, ‘Pena de muerte’, ‘Círculos
viciosos’, ‘Pa la sangre’, ‘La hierba de los caminos’...
Coplas revolucionarias, dulces, humorísticas, metafísicas,
ingenuas y vibrantes, siempre magistralmente interpretadas por su voz
quebrada, sensible y de una variedad de registros sin fin. Canciones que
invitan a seguirle porque, como nos enseñó:
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«El
cantar tiene sentido,
el cantar
tiene sentido,
entendimiento
y razón». |
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(1) Un luchador contra el todo.
Javier Krahe. El País, 3 de julio de 2003.
(2) Reeditado en 2007 por Dial Discos.
(3) Citado por Amancio Prada en el disco-libro
Hasta otro día, Chicho (Camaina, 2004).
(4) Hasta otro día, Chicho
(Camaina, 2004) de Amancio Prada.
(5) Agustín García Calvo.
Entrada a la poesía popular en Ramo de romances y baladas
(Lucina, 1991).
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